Columna de Nicolás Copano: Carta a un joven indignado

Hola joven indignado, te escribe Nicolás.

No tengo intención de sacarte de tu enojo, es más: la mayoría de las veces estoy de acuerdo con tus causas. Y las entiendo: yo también vengo de esa clase media a la que no regalaron nada y muchas veces agradezco la suerte que tuve de tomar decisiones en torno a difíciles contextos que tuve en la vida, que probablemente no sean tan profundos como los tuyos, pero se parecen en la sensación de desesperanza.

Hay veces en que las cosas se ven sin salida y ves cómo a los que te rodean les quitan cosas que, de base, deberían estar. Que todo cuesta innecesariamente. Que todos “traicionan” a todos y ya no se puede confiar en nadie.

Y tal vez tengas razón: no hay muchos motivos para darle la mano a alguien cuando en cualquier momento te pueden joder. Yo sin nada, ahora tengo una empresa. No es muy grande, pero trabaja buena gente. Hice la empresa porque tenía miedo que me perjudicaran.

Te lo digo honestamente: como trabajo en medios muchas veces las cosas dependen del estado de ánimo de un tercero, de su simpatía ideológica o personal. Porque como te habrás dado cuenta el mundo está lleno de pitutos.

Bueno, en eso, me armé una empresa y aunque no lo creas (sí, para que veas que no todos los empresarios somos una mierda) también me da lata que ya no se pueda confiar en la palabra de nadie o sienta que cada vez que me pide algo gente que no me ha dado nada, no voy a recibir ninguna retribución por eso.

Que te piden tirar una idea y de pronto nadie la paga y la termina haciendo un tarado que no sabe como carajo ejecutarla, pero por ser de una familia con apellido de viña (no como el mío, que tengo la suerte por accidente que nadie sabe de dónde cresta proviene por eso sirve) se la pasan y ya está.

Es horrendo. Chile es horrendo. Estoy más que de acuerdo contigo. Es tan horrendo que cada vez que viajo al extranjero me quiero quedar allá. Me tratan súper bien y encima ven todos los esfuerzos ahí, presentes, en número y no me preguntan de qué colegio vengo. Sólo ven que le pongo ganas, recopilo experiencia y ya está.

Soy bueno en lo que hago. Y encima no tengo que andar siendo pisoteado no sólo por los de arriba, sino también por los de abajo que me piden “humildad”. Chicos: la humildad es la forma en que te ponen de rodillas los que jamás les piden humildad.

Y eso es lo que te quiero iluminar en esta carta. Con cariño. Si quieres me puedes mandar a la cresta. Estás en todo tu derecho: no me conoces y de seguro ya por sólo salir en la tele (o por tener dientes de conejo) te puedo caer mal. Pero te voy a decir algo: nada se construye en la individualidad. Nada. Todo lo que realmente vale la pena es colectivo.

Y lo he ido descubriendo con el tiempo. A patadas, por supuesto. Yo no creía que era así. Yo vine de un barrio donde todos se salvaban solos. Y luego fui al colegio donde competíamos por las notas. Y luego conocí a gente con otras realidades en la universidad y en el trabajo. Porque si hay una gracia en ese momento de la vida, en especial en este país, es que descubres que hay unos que tienen aire acondicionado, otros que no, y tú tienes un ventilador. Y eso te forma la cabeza mucho.

Bueno, por eso tengo un mensaje para ti: anda eligiendo. En serio. Anda mirando quién votar. Y si no ves quién votar, proponle a alguien que se tire. Sin miedo. Y si no lo ves, y crees que tú puedes cambiar algo, hazlo.

Llega un momento en que no basta con tuitear, con compartir panfletos virtuales, con putear en Facebook. No basta. No basta porque ahora sí que está todo en cero. Y tú puedes hacer algo. Estoy seguro de eso. Y si te sumas a alguna ONG, un partido, un grupo en el barrio, te aseguro que puedes hacer algo grande.

Ellos sinceramente no lo esperan: ellos ven en ti, enojado por todo, un militante también. Un militante del partido de los que no harán un carajo y dejarán el avance de los profetas que sólo tienen un lente (que en general es económico) para proponer las mismas cosas de siempre “porque el país es chico” y nunca pero nunca arriesgan. Te lo juro. Nunca arriesgan nada. Nunca te proponen la épica, un plan, un sueño, un cambio en serio. Sólo te quieren de moneda de cambio. No quieren cambiar las cosas.

Joven indignado: pasa de la molestia a la acción. Pasa a hablar. Y si no sabes cómo hablar, pasa a apoyar algo. Pasa a preguntar. Pasa a ser parte de lo que estamos llamados a hacer.
Tenemos que compartir eso, porque así los que pueden o quieren hacer algo y están limpios, van a perder el miedo.

El gran problema de nuestro país, es que a veces arriesgar te deja solo.

Yo no quiero ese futuro. Estoy seguro que tu molestia, tampoco.

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