Columna de Beatriz Sánchez: Violencia de género

Hace dos días, muchas personas salieron a la calle a marchar para eliminar la violencia de género. No se trata de una movilización sólo nacional, es un día internacional que busca relevar el tema, que se discuta, que se ponga sobre la mesa y que se disminuya -ojalá pudiera eliminarse- lo que llamamos violencia de género.

¿Pero qué entienden ustedes por violencia de género?

Hasta hace unos años esa violencia se entendía circunscrita a los golpes y abusos físicos en contra de una mujer, principalmente de parte de su cónyuge o pareja. Sólo años después logró entenderse que también podía existir violencia y abuso sexual por parte de los cónyuges o parejas, pero costó, aún este concepto puede costar.

Después y muy lentamente se ha puesto sobre la mesa que también es violenta la discriminación permanente de las mujeres en el acceso a salarios, oportunidades de ascenso laboral, acceso a la salud y a la educación.  Digo “se pone sobre la mesa” porque pese a que hoy se discute, las cosas no cambian. Aún a las mujeres nos pagan menos, nos cobran más en isapres y las estadísticas muestran que los profesores de matemáticas tienen menos expectativas respecto de sus alumnas mujeres que de sus alumnos hombres.

Hay otros temas que lentamente se están haciendo hoy públicos. Con poca comprensión general y menos reacción aún de los involucrados. La imagen de la mujer en la publicidad: un estudio del área de publicidad de la UDP mostró que las mujeres no se mostraban como objetos de decisión, con carácter y fortaleza. Eras etéreas, suaves, víctimas, madres o derechamente decorativas. No muy lejos de esa publicidad de hace cinco años donde “el lavalozas era el mejor amigo de la mujer”. ¿Qué nos dice una publicidad como esa? ¿qué realidad dibuja a nuestros hijos e hijas? ¿cuánto nos interpreta? También es violento.

Recuerdo el impacto que provocaron unas jóvenes que buscaban llamar la atención sobre los llamados “piropos” en las calles. Cuando aún no se daba con el concepto de acoso sexual callejero. No sólo las miraron raro, sino que recibieron todo tipo de críticas porque los hombres se preguntaban ¿a quién no le gusta que le griten “linda” o “mijita” en la calle? Recuerdo haber leído en Twitter a varios señalando que éramos feas, amargadas y resentidas por no captar “la buena onda de un piropo”.

Fue como un balde de agua fría entender la naturalización de ciertos comportamientos que no son inocuos. Fue un balde de agua fría darme cuenta lo que se espera siempre de mí como mujer… el molde que debemos llenar, cuáles deben ser mis reacciones, lo “femenina” que debo parecer, lo “maternal” como el máximo símbolo de aprecio. Eso también es violento.

Y llego a otras áreas donde la violencia contra la mujer derechamente no se reconoce ni siquiera por el estado. Y no se entiende como un derecho humano consagrado por Naciones Unidas, Amnistía Internacional y Humans Rights Watch: nuestros derechos reproductivos y sexuales. La posibilidad de aborto en condiciones seguras e igualitarias para las chilenas.

Pese a que existe un intento por apuntar al aborto como una violación a los derechos humanos, la verdad es que es todo lo contrario. Los organismos internacionales son claros en señalar que los derechos humanos se garantizan desde el nacimiento de las personas y ante una posible colisión de derechos en este caso, está primero el derecho de esa niña, joven o mujer.

¿Alguien puede explicarme por qué hoy importa más la guagua en gestación que la madre? ¿Por qué la Iglesia y muchas organizaciones dan una pelea por una persona futura, cuando existe una persona presente, una mujer presente que NO quiere convertirse en madre? ¿Por qué ellos mismos llenan paredes y gigantografias con fetos y no buscan los rostros de niñas, de jóvenes y de mujeres que deben decidir sobre su propia vida y futuro? Créanme, aquí hay violencia y mucha.

La única respuesta, la única explicación que me doy para todas estas preguntas reside en la violencia de género. No la que se genera en los golpes; sino la que nace, se multiplica, se cuela y se reproduce por una cultura patriarcal donde la mujer está encasillada exclusivamente en su rol de madre. Si no es madre, no es mujer. Si no se comporta como madre, no es mujer. Si no quiere ser madre, no es mujer. Si no cree que “los hijos son una bendición”, es una mala mujer.

La violencia de género se pone en agenda algunos días al año. Pero se vive, la vivimos en Chile, a diario.

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