Columna de Magdalena Piñera: Donar órganos es donar vida

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León Smith, un hermoso niño de cuatro años, murió el domingo pasado esperando un trasplante de corazón. Hace seis años, otro niño de 11 años, Felipe, también falleció esperando un corazón. El 2010, el caso de Felipe Cruzat traspasó la frontera de las noticias del diario y la TV, para convertirse en parte de nuestras conversaciones y preocupaciones. Hasta tal punto nos conmovimos con su espera y la angustia de sus padres que, ese mismo año, se promulgó la Ley del Donante Universal y se estableció la Coordinadora Nacional de Trasplantes, un servicio público responsable de coordinar y gestionar los trasplantes de órganos en el territorio nacional.

Desde el punto de vista institucional, tanto la ley como la nueva entidad estatal representaron un gran avance, sin embargo ello no se tradujo en un aumento del número de donaciones de órganos.

La nueva ley dispuso que las personas podían declarar su deseo de ser o no donantes al momento de renovar su cédula de identidad o permiso para manejar. Es así como, entre el 2010 y el 2013, casi 4 millones de chilenos expresaron su voluntad de no ser donantes al efectuar estos trámites.

Por ello, el 2013 se reforma la norma estableciendo como requisito para quienes no quieren ser donantes, realizar una declaración jurada ante notario. Hace dos años, más de 15 mil chilenos hicieron este trámite e ingresaron al Registro Nacional de no donantes del Registro Civil.

Si los chilenos nos sentimos felices y orgullosos cada vez que alcanzamos la meta en la Teletón o cuando los damnificados por alguna catástrofe reciben la ayuda que necesitan, me pregunto ¿qué nos pasa con las donaciones de órganos? ¿Por qué hay tan pocos donantes? ¿Dónde está la falla? ¿En las instituciones o en nosotros?

Actualmente Chile tiene una tasa de cerca de siete donantes por cada millón de habitantes, una cifra que nos pone por debajo de Uruguay, Argentina y Brasil en Latinoamérica y más lejos aún de España, nación líder en donación de órganos en el mundo, con una tasa de 36 donantes por millón de habitantes.

¿Nos hace falta solidaridad a los chilenos? Creo que no, al menos ahí no está la raíz del problema. Parece que la clave está en la desconfianza que sentimos los chilenos hacia nosotros mismos. Tal vez algunos piensan que si deciden ser donantes estando sanos, en caso de sufrir algún accidente o enfermedad grave, quizás no recibirían toda la ayuda médica necesaria para recuperarse completamente con el secreto y oscuro propósito de disponer de sus órganos después de muerto.

Posiblemente otros no autorizan la donación de órganos del familiar con muerte cerebral porque a lo mejor sospechan de las intenciones del equipo médico o de un eventual tráfico de órganos. Coincido con quienes plantean que, para elevar la cifra de donaciones, es necesario perfeccionar la ley y crear toda una institucionalidad pública y privada que facilite y asegure la donación de órganos en los centros de salud, imitando el modelo español.

También es cierto que no basta con hacer campañas de información o sensibilización de vez en cuando y que se requiere de más y mejor educación desde las escuelas. Sin embargo, siento que el cambio más importante no vendrá de una ley sino de nosotros mismos porque ninguna norma legal o autoridad nos puede obligar a confiar.

Sé que a nadie le gusta pensar en la posibilidad de morir pero reflexionemos un poco. Si para seguir viviendo un familiar o nosotros mismos, necesitáramos de un trasplante, ¿nos gustaría estar en la lista de receptores de ese órgano o en la lista de espera? Entonces, ¿por qué no nos inscribimos en la lista de donantes? Donar órganos es dar vida, por eso los padres de León Smith en un gesto noble, generoso y ejemplar donaron los riñones de su niño.

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