La caída de CHV música y el debate sobre la necesidad de sellos

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 ¡IMPACTO! Beto Cuevas anuncia la separación de “La Ley” Ricardo Arjona adelanta detalles de su nuevo disco acústico: “Apague la luz y escuche” Canal 13 dará los goles del Torneo de Apertura   Síguenos en Twitter:  Para mayo de 2014, los sellos ya eran un negocio absolutamente venido a menos, y hasta visto por muchos como un arcaísmo dentro de la industria musical. Después de años de piratería, descargas ilegales y estallidos por fuera de su estructura, las discográficas habían reducido su poder a mínimos históricos, por mucho que las principales aún siguieran allí, firmes en la tarea de encontrar maneras de hacerse necesarias entre artistas y audiencia. Por lo mismo, no dejó de llamar la atención que Chilevisión anunciara entonces la puesta en marcha de su propia etiqueta, CHV Música, llenando el nicho que la predecible caída de Oveja Negra, Feria Music y otras casas dejara huérfano. Había dosis de romanticismo, locura y sentido del deber: “No me pareció adecuado que dejáramos sola a esta energía suelta”, decía el ex director ejecutivo del canal, Jaime de Aguirre. También había instinto de negocios, por cierto: “La mirada del sello no está sólo en producir discos, sino también en coproducir conciertos y trabajar a los músicos chilenos frente al público”, agregaba el líder del desafío, Carlos Salazar. En tanto, la simbiosis entre música y televisión que sugería la génesis del proyecto, era algo que se daba por descontado. Pero poco más de dos años después la historia es otra. El sello cerró como hicieran prácticamente todos sus antecesores locales, dejando la categoría de forma casi excluyente en manos de iniciativas independientes y hasta de marcas comerciales, que replican a escala y con atmósferas más familiares engranajes que al final no son tan diferentes a los de las viejas compañías. Los músicos más autonomistas, ésos que siempre han mirado de reojo los apoyos formales, se muestran indiferentes. Pero otros que han sabido de las implicancias que tiene una industria desarrollada, seguro lo sienten. Porque los sellos aún representan algo importante en la relación con las audiencias, y buena parte de éstas todavía conserva lógicas tradicionales de consumir música: A través de la radio, de producciones audiovisuales, de pegarse con una canción y salir a conseguirla, de deslumbrarse con la estelaridad. De comprar un disco, incluso, ámbito que en su mayor escala hoy suele estar refugiado en góndolas de supermercados. Las nuevas generaciones, en tanto, se saltan eso sin problemas: Pasaron de la descarga ilegal que predominó en la era del iPod y el MP4, a los servicios de streaming, esos mismos que artistas como Radiohead y Taylor Swift han salido a condenar por pagarles con challa. Por ende, la muerte de un sello no es algo que los vista de luto precisamente. Todas esas caras ha tenido este proceso, incluso con nombres continentales metidos en el baile. Uno de ellos fue Ricardo Arjona, que en 2011 anunciaba que “me cansé de quejarme como lo hacen todos y de seguir firmando contratos para caer en lo mismo de lo que nos quejamos”. Un año antes Calle 13 proclamaba en “Entren los que quieran” (2010) que “éste es nuestro último disco con Sony (…), nos deben dinero, tienen que pagar”, o que “mi disquera no es Sony, mi disquera es la gente”. Fieles a esos discursos, sus siguientes álbumes salieron con fachada independiente, aunque luego fueron debidamente distribuidos y promocionados por Warner y… Sony. Pero no es que haya nostalgia por hacer más grandes a las multinacionales de la música, qué va. Sí la hay, en cambio, por una adecuada red de apoyo a los artistas (cada día más expertos en batírselas por sí mismos) y hasta por la esperanza de contar alguna vez con un buen catálogo local, algo en lo que nadie hasta ahora ha reemplazado a las disqueras. No olvidemos que de Argentina uno puede irse con un puñado de discos de Gardel o Spinetta, mientras que de Chile ningún visitante puede llevarse como recuerdo “Las últimas composiciones” de Violeta Parra o “El derecho de vivir en paz” de Víctor Jara. Ojalá alguien se anime de verdad a tomar ese tipo de desafíos. Por ahora, al menos, Plaza Independencia (Noche de Brujas, Camila Moreno e Illapu, entre otros) ha venido a reclamar la punta, un lugar que, aunque algunos crean prescindible, aún sigue siendo necesario.   PUB/ Sebastián Cerda

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