Columna de Eugenio Yáñez: Perdón y misericordia

Columna de Eugenio Yáñez: Perdón y misericordia

La vivencia de la misericordia acompaña al papa Francisco desde que era estudiante. Según él mismo relata, el 21 de septiembre de 1953, al entrar a la Basílica de San José, Dios lo “primereó”, es decir, el en ese entonces joven de 16 años Jorge Mario Bergoglio recibió el llamado del Señor como un regalo de la misericordia de Jesús.

Fue probablemente su profundo sentido de la misericordia, lo que influyó para que su primer viaje apostólico fuera de Roma, el 8 de julio de 2013, lo hiciera a la pequeña isla de Lampedusa, no sólo conocida por sus hermosas playas, sino también por los miles de cadáveres de inmigrantes del norte de África que producto de los cientos de naufragios son arrastrados hasta sus orillas.

Francisco pidió que nunca más se repita un naufragio. La necesidad de la misericordia influyó para que el año 2016 celebrara un jubileo extraordinario de la misericordia, que culminó este 20 de noviembre.

La puerta santa se cerró, “pero la puerta de la misericordia de nuestro corazón permanece siempre abierta de par en par”, nos dice en su Carta Apostólica “Misericordia et misera”, cuyo núcleo central es comunicar que “la misericordia no puede ser un paréntesis en la vida de la Iglesia”, por lo tanto hay que seguir viviéndola y celebrándola. “Ahora concluido el Jubileo, es tiempo de mirar hacia adelante y de comprender cómo seguir viviendo con fidelidad, alegría y entusiasmo, la riqueza de la misericordia divina” (Misericordia et misera, 5).

Un mundo marcado por la violencia y la soledad necesita de ella, pues implica la reconciliación, el perdón y la alegría de sentirse liberado del peso de la conciencia.

Sujetos privilegiados de la misericordia deben ser los más pobres y despojados. Nos anuncia, en este contexto, una Jornada Mundial de los Pobres.

Las obras de misericordia poseen un dinamismo inclusivo, que nos abre a la esperanza de una nueva vida, y al perdón (léase a pedir perdón y a otorgar perdón). Perdón que a los chilenos nos cuesta mucho, según constata la última Encuesta Bicentenario. La mayoría perdonaría a un familiar o a un cercano, pero no a un pedófilo (89%), un terrorista (84%) o un político corrupto (70%).

Es quizá el mundo de la política uno de aquellos ámbitos más necesitados de misericordia.
En no más de 10 páginas, el Papa nos interpela a vivir la misericordia, y no sólo a los católicos o a los cristianos, sino a todos los hombres de buena voluntad. Nos llama a ser testigos de la esperanza y portadores de alegría, abiertos a una vida buena. Nos pide que generemos una “cultura de la misericordia”, pues sólo así reinará la paz social y la justicia en las sociedades.

El desafío está lanzado y nos involucra a todos.

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