Del odio al amor: Putin y Erdogan restablecen una alianza que incomoda a Occidente

En un año, entre la crisis por el derribo de un caza ruso y la crisis en la guerra de Siria, Vladimir Putin y su homólogo turco Recep Tayyip Erdogan han pasado de criticarse mutuamente a profesarse un respeto y admiración absoluto.

Por agencias

Hace apenas unos meses, Vladimir Putin y Recep Tayyip Erdogan no intercambiaban más que invectivas. Pero los hombres fuertes de Rusia y Turquía tejen ahora una alianza vista con preocupación por Occidente.

En las horas más bajas entre Moscú y Ankara, a fines de 2015, Putin acusó a su homólogo turco de traficar petróleo con los yihadistas del Estado Islámico y de hacer “revolver en su tumba” al fundador del Estado turco moderno, Ataturk. 

Estas acusaciones se produjeron a raíz del derribo de un avión ruso por parte de dos cazas turcos en la frontera con Siria, donde Moscú interviene en apoyo al régimen de Bashar al Asad.

Erdogan replicó a Putin acusándolo de ser responsable de “crímenes de guerra” en Siria. 

Pero un año después – y aunque Putin sigue apoyando a Asad y Erdogan a la oposición siria -, ambos parecen haber pasado página, concretando múltiples proyectos de cooperación energética.

Estos dos líderes postimperialistas, ambos con más de 60 años, tienen en común que llegaron al poder en 2000 – cuando sus países pasaban por una grave crisis financiera-, además de una actitud desafiante hacia Europa y Estados Unidos, mientras que en casa enfrentan problemas económicos crecientes. 

“Zona de peligro”
En los últimos años, principalmente después de la anexión de Crimea en 2014 por parte de Rusia, Putin se ha acostumbrado a ser recibido con frialdad en los países occidentales, que incluso lo excluyeron del G8. 

La intervención en Siria y la creciente represión sobre la sociedad civil en su país, no han hecho más que acrecentar las tensiones.

Por su parte, Erdogan era percibido en sus primeros años en el poder como un reformador islámico que no dudaba en impulsar reformas audaces y que estaba comprometido con los objetivos de Occidente, en el marco del pacto de la Otan. 

Pero 2016 marcó un vuelco en la historia moderna de Turquía, no sólo en las relaciones con Occidente, especialmente después del golpe de Estado fallido impulsado por militares disidentes el 15 de julio.

“Para Occidente, Turquía entró en una zona de peligro con riesgos múltiples”, explicó Marc Pierini, profesor visitante en el Carnegie Europe.

“Mejor que nunca”
La relación entre Bruselas y Ankara se ha visto erosionada por la percepción de Turquía de una falta de solidaridad de la UE en un año en el que el país ha sufrido varios atentados, y por las críticas de los europeos a la represión posterior al golpe de Estado.  

La petición de Turquía de ser admitida en la Unión Europea, una piedra angular de su política extranjera desde la década de 1960, ha chocado contra un muro y algunos expertos sugieren que es más realista abandonar totalmente esta vía y buscar otra forma de asociación. 

En cambio con Rusia, Ankara vive una luna de miel. 

Mientras Rusia sostiene a Damasco en la campaña para retomar Alepo – la segunda ciudad siria -, Turquía guarda un silencio notorio. 

“Ahora nos entendemos mejor que nunca (con respecto a Siria)”, dijo este mes el primer ministro turco, Binali Yildirim, tras viajar a Moscú. 

“A Europa no le conviene que Turquía se oriente hacia el eje ruso, que se vuelva inestable o que entre en una crisis económica”, advirtió Asli Aydintasbas, experto del Consejo Europeo sobre las Relaciones Exteriores (ECFR).

“Prisioneros en 780.000 km2”
Ambos líderes accedieron al poder en el momento oportuno para hacerse un lugar en la historia. 

Putin llegó al Kremlin cuando el país digería la traumática caída de la extinta Unión Soviética, con el anhelo de volver a ver a Moscú como un gran potencia. 

En Turquía muchos sueñan todavía con el tiempo en el que el sultán otomano era el califa de todo el mundo islámico. 

El hombre fuerte de Rusia, que describió la caída de la URSS como la peor tragedia geopolítica del siglo, no ha cedido en su voluntad de restaurar la influencia rusa y recordar al mundo su estatus de “gran potencia” en el conflicto sirio. 

Por su parte, Erdogan ha dejado claro que piensa que la influencia turca debe extenderse más allá de los límites impuestos tras el fin del Imperio Otomano, en el tratado posterior a la Primera Guerra Mundial. 

“Hemos estado apartados de este territorio durante un siglo (…) Estamos prisioneros en un territorio de 780.000 kilómetros cuadrados”, afirmó. 

La popularidad de ambos líderes no sólo fue construida con un discurso que volvía a infundir confianza a los nostálgicos tras la pérdida de su imperio, sino también revitalizando la economía para que el dinero circulara en los bolsillos. 

Pero actualmente el milagro económico de Putin está en entredicho y el fuerte crecimiento que marcó la era de Erdogan pierde fuelle. 

“Seguimos pensando que Turquía va a enfrentar una crisis bancaria o de crecimiento a medio plazo”, estimó el analista Charles Robertson, economista jefe del banco de inversiones Renaissance Capital.

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