Columna de Rodrigo Severín: Apocalípticos

Me he encontrado con varios personajes que de una u otra forma mantienen una convicción apocalíptica, como si el fin del mundo fuese una certeza inminente. Desde conspiranoicos, pasando por profetoides hasta simples catastrofistas de a pie.

Un amigo siempre comentaba con humor, decepcionado de la raza humana, raza que tiene hoy la capacidad de destruir el planeta desde que entramos en la era del antropoceno, que acaso lo más digno y “filantrópico” sería ponernos de acuerdo e idear un “humanicidio”.

Otros muchos, viven pendientes de la próxima predicción de algún “profeta”, vivo o muerto. De estos, la mayoría son simplemente seres crédulos. Hay otros que promueven los rumores del Armagedón, con cierto morbo y avidez, como esperando que ocurra la destrucción final, deseando la “caída del sistema” que tanto desprecian. Estos últimos me perturban y entristecen.

Después de la II Guerra Mundial, miembros de la comunidad científica de la Universidad de Chicago, preocupados por la proliferación de armas nucleares, crearon una imagen, la del “Reloj del Apocalipsis”. A la medianoche, supuestamente, se juntarían las manecillas por siempre jamás. Desde 1945 el minutero ha fluctuado desde entre 2 minutos para las doce (1953) hasta 17 minutos antes del colapso final (1991).  El 2016 quedó en 3 para las 12.

Me incluyo en el grupo de apocalípticos, para ser franco, pero no por supersticiones, ni por seudo profecías. Me incluyo por dos razones: una temporal y la segunda atemporal.

En los tiempos que corren, este capitalismo global no tiene idea sobre el impacto de la segunda ley de la termodinámica, que básicamente establece que hay una cantidad de energía que se disipa en energía no utilizable, creando mayor complejidad en los sistemas. A esta entidad del capital la llamo “el gigante egoísta”. Este señor glotón se está comiendo el planeta sin considerar que el planeta es finito en recursos, y que acabará por devorarse a sí mismo. Es cuestión de tiempo.

La imagen del fin está tomada, como sabemos, del último libro del Nuevo Testamento: El Apocalipsis según San Juan. Desde el punto de vista atemporal, creo que no habrá un punto final, necesariamente. Creo, de hecho, que las condiciones del orbe son patéticas y que la injusticia y la decadencia generalizada campean, y que en algún momento la situación se volverá críticamente irreversible, si no lo es ya.

Los textos sapienciales, a diferencia del conocimiento de la academia, y de la mera información, textos como la Biblia, la Torá, el Corán, el Tao te King, etc., son textos mistéricos que nos hablan de la condición humana, de su universalidad. No tienen tiempo, pero sí vigencia permanente. Pero por ser mistéricos, deben ser objeto de una interpretación meticulosa. La comprensión literalista genera una peligrosa confusión. La sabiduría en estos libros es aplicable a todo momento histórico e incluso para cada instante.

Estimo que el Apocalipsis fue, es y será; lo aprecio como  un fenómeno sutil que no empieza ni termina.

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