Columna de Ignacio Cid: Navidad migrante

Por Metro
Columna de Ignacio Cid: Navidad migrante

Junto con la pascua de resurrección, la Navidad es uno de los momentos más significativos para el mundo cristiano. Millones de personas se reúnen en familia para celebrar el nacimiento de Jesús, mientras preparan deliciosas comidas para disfrutar en conjunto. Las iglesias hacen cultos especiales y los templos se llenan de luces, alegría y gozo. Nos llega una buena noticia: un niño ha nacido en la ciudad de Belén y su nombre es Emanuel.En los días que rodean la Navidad, generalmente asistimos a largas jornadas en las que cientos de películas y producciones fílmicas se pasan por la televisión recordándonos el “verdadero sentido de la Navidad”. Se suceden imágenes dulces y amables del pesebre en el que los pastores junto a María y José, adoran al niño Jesús.

En un ambiente de mucho jubilo, se construye una imagen inofensiva y enternecida de la primera Navidad, que no le hace justicia a la que presenta el texto bíblico. Si retornamos brevemente a Las Escrituras y leemos de forma íntegra el relato navideño, podemos darnos cuenta que en él se conjugan motivos de alegría y esperanza, con historias dolorosas de desplazamiento, persecución y MIGRACIÓN.

El Evangelio de Mateo cuenta cómo, siguiendo una estrella luminosa, magos de Oriente buscaban a un gran rey que había sido anunciado. En su camino, se encuentran con Herodes, gobernador quien, al enterarse de la noticia, siente temor de que el nuevo rey ponga en peligro su autoridad.

Guiado por estas advertencias, Herodes ordena asesinar a todos los niños menores de dos años en la aldea de Belén. Alertados por un ángel, José y María huyen del gobierno en dirección a Egipto
Mientras lees estas líneas, puede que a tu lado viaje un ciudadano de otro país. Probablemente él y su familia, al igual que Jesús, han llegado a Chile huyendo de un contexto difícil. Cabe la posibilidad que estén escapando del gobierno o de condiciones de vida poco humanas e indignas. En cualquier caso, ellos no son diferentes a Jesús, en el sentido de que han salido de su país y han llegado a tierra extraña para tener nueva y mejor vida.

Ahora bien, la experiencia de la migración en el Evangelio no se reduce sólo a Mateo. En Lucas se nos relata las razones por las que Jesús nació en Belén. Un censo ordenado por Cesar Augusto, con el fin de contar la población, obliga a José a volver a la ciudad de sus antepasados. Luego de un largo viaje junto a María, llegan a Belén a altas horas de la madrugada. Aquí Lucas nos cuenta que finalmente encuentran refugio en un establo pues en las posadas y casa de peregrinos de la ciudad “no había lugar en el mesón”.

La expresión del mesón, es metafórica, pues quiere decir que todos los lugares de acogida estaban en su máxima capacidad. Así, la falta de un espacio en la mesa, es la incapacidad de recibir a más gente en las posadas y poder alimentarlas correctamente.   

Jesús el hijo de Dios, no contó con un lugar en el mesón. Nació en un establo, rodeado de animales y pastores. Si pensamos en la idea del mesón traída a nuestros días, es posible apreciar cómo en los últimos meses han aparecido voces que han querido reducir el mesón nacional. Creen que ya no hay espacio disponible Chile para nuevos viajeros y, por lo tanto, quieren restringirlos.

Hoy, son muchos quienes, al llegar Chile para aportar con su entusiasmo y trabajo, encuentran el mesón lleno, pero no de personas sino de intolerancia, discriminación, racismo e incomprensión. 

La Navidad se vincula profundamente a la migración. Es una fecha que nos alegra, pero al mismo tiempo nos interpela. Nos recuerda que Jesús, el motivador de nuestra fe, fue un migrante rechazado y perseguido. Jesús es “Dios con nosotros”, y eso significa que es Dios de nuestras angustias y sufrimientos. Jesús es Dios de los migrantes, y él mismo un migrante.

En tiempos en que muchos países en el mundo quieren reducir el tamaño de la mesa de acogida, nuestra labor como cristianos es mantenerla lo más amplia posible, después de todo, esa es la verdadera fe en Cristo, una mesa a la que todos están convidados.

(*) Ignacio Cid es director del Servicio Evangélico Migrante (SEM).

Las opiniones expresadas aquí no representan necesariamente el a Publimetro

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