Quinta

Por Felipe Espinosa
  • Cocinero en trance. Twitter: @Psyfat

Como que se nos olvida todo, los males desaparecen o se nublan, mejor dicho; los incidentes de carácter social pasan a segundo plano mientras va terminando febrero, período en que los honorables apuran leyes traicioneras y se van de vacaciones, la “ciudad bella” acapara toda atención con espectáculos regulares sobrevalorados e inflados por un comidillo interminable de panelistas que, si bien hacen su trabajo, al pasar un rato comienzan a sentirse insoportables.
Es que si el ser humano no vive sólo de humor y baladas, y nos quieren hacer creer que es así; la manera insensible de “estirar el chicle” antes, durante y después de cada show es a lo menos prepotente, como si las verdaderas noticias desaparecieran por arte de magia mientras el glamour y la frivolidad se toman las calles de la V Región.
Pero este verano también trae alegrías a las cercanías del Casino Municipal; a pocas calles de la alfombra roja se ha instalado un lugar donde se realiza un culto que respeto: el Club de Cervezas se toma una esquina con una gran terraza que busca refrescar paladares con una variedad importante del fermentado de cebada y trigo en algunos casos, un fiel representante de la tendencia que logra posicionar a la cerveza de barril en el lugar que le corresponde. Por muchos años ninguneada por la baja calidad de su contenido hoy las mejores marcas artesanales chilenas e importadas logran dar un vuelco a este paradigma en conjunto con los bares de múltiples grifos que te permiten degustar un abanico variopinto de sabores, texturas y amargor en un solo lugar. Entre IPA e IRA, el debut del exceso de lúpulos ya se convierte en un gusto adquirido; maltosidad y buena carbonatación se han transformado en imprescindibles. El lugar en si tiene buena onda, los precios no espantan a nadie, grave error de algunos locales capitalinos, atienden de forma relajada tirando órdenes a través de tablets. Probamos unas hamburguesas que nos recomendaron como especialidad de la casa, muy buenas en cuanto a pan, carne y agregados se refiere; tienen un apartado de pizzas que debo volver a probar, así ya tengo excusa para ir a pinchar otro barril. Entre tanto chillido festivalero el Club se vuelve un oasis en el desierto, un esquema que augura buen futuro y larga vida, eso espero, ya que si algo espero de las barras nacionales es que tengan más cervezas y menos piscolas. El mercado está creciendo y con seguridad aún estamos en el comienzo de algo mayor y trascendente.

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