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Vio cómo un soldado hundía un largo cuchillo en el cuello de su hermano: Sobreviviente rohinya narra masacre en una aldea de Myanmar

Soldados utilizaron las culatas de sus rifles para clavar clavos de 10 centímetros en las sienes de tres hombres que estaban tendidos en el suelo.

Durante seis horas, Bodru Duza se escondió en una habitación del segundo piso, oyendo los gritos de la gente que era asesinada ante su casa de Myanmar. El hombre, de 52 años, esperaba a que los soldados lo encontraran y lo mataran, como a todos los demás.

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Lo que comenzó como un domingo tranquilo en el noroeste de Myanmar se había convertido en un infierno incomprensible: una de las peores masacres en la nación del sureste asiático desde que las fuerzas del gobierno lanzaron a finales de agosto una violenta campaña para expulsar del país a la minoría musulmana rohinya.

Cuando Duza se atrevió por fin a salir de su escondite, no pudo encontrar a su esposa, su hija ni sus cinco hijos pequeños.

“¡Oh, Alá!”, pensó. “¿Qué nos han hecho? ¿Qué le han hecho a mi familia?”.

Hace años que los musulmanes rohinya se ven perseguidos y privados de derechos fundamentales en Myanmar, un país de mayoría budista. La última ronda de violencia respondía a una oleada de 30 ataques de insurgentes rohinya en agosto contra puestos de seguridad. Al menos 14 personas murieron.

Los ataques desencadenaron una contraofensiva del gobierno que ha dejado cientos de pueblos quemados y expulsado a 650.000 refugiados a Bangladesh. El grupo humanitario Médicos Sin Fronteras estima que solo en el primer mes de represalias murieron 6.700 civiles rohinya, y grupos de derechos humanos han documentado tres masacres mayores.

Se cree que al menos 82 rohinya fueron asesinados en el pueblo de Maung Nu el 27 de agosto. The Associated Press ha reconstruido la masacre, narrada por 37 sobrevivientes ahora dispersos por campos de refugiados en Bangladesh.

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Su testimonio, combinado con un video obtenido en exclusiva por AP, refuerza las crecientes pruebas que apuntan a que las fuerzas armadas de Myanmar han matado civiles de forma sistemática.

El Ejército de Myanmar no respondió a varias peticiones de comentarios para este despacho y no respondió a una petición de AP para una visita. En el pasado, el Ejército ha insistido en que no ha muerto ni un solo inocente.

Unas pocas horas después de la medianoche del 25 de agosto, los disparos despertaron a los residentes de Maung Nu. Milicianos rohinya habían lanzado un ataque sorpresa contra un puesto de seguridad, en un pueblo situado menos de un kilómetro (una milla) al norte. Según el gobierno, dos agentes y al menos seis agresores murieron.

Temiendo las represalias, cientos de vecinos caminaron a las casas de amigos y familiares en Maung Nu.

Pero el 27 de agosto volvieron a oírse disparos en Maung Nu. Esta vez solo disparaba el Ejército.

Una multitud huyó al refugio más cercano, el amplio complejo de Duza y su hermano, Zahid Hossain, en la ladera de la colina. A las 11:00 de la mañana, docenas de soldados irrumpieron en el complejo desatando el pánico. Unos pocos hombres en la casa de Duza bloquearon las puertas de madera y subieron las escaleras hasta un balcón, donde ya se habían reunido la mayoría de los hombres.

Antes de subir con ellos, Duza llevó a su esposa a un lado.

“Por favor, cuida de nuestra hija y nuestros hijos”, le dijo.Fuera, un soldado ordenó que saliera todo el mundo. Cuando nadie obedeció, se oyeron disparos.

Unos segundos después, los soldados echaron las puertas abajo y se llevaron fuera a las mujeres y los niños, que gritaban. Las tropas les ordenaron arrodillarse, arrancaron los pañuelos con los que se cubrían la cabeza y les rompieron la ropa. Robaron celulares, pendientes de oro, collares y dinero en efectivo.

Entre 20 y 25 mujeres _sobre todo las hermosas y jóvenes_ fueron apartadas. Nadie volvió a verlas.

Arriba, los soldados ataron a los hombres con las manos a la espalda y les ordenaron tumbarse boca abajo en el patio de tierra. A la mayoría les vendaron los ojos con cinta de embalar o con velos arrebatados a las mujeres. Unos pocos intentaron resistirse y fueron arrojados de cabeza desde el balcón.

El hermano de Duza, Hossain, suplicó que detuvieran la violencia.

“¿Por qué hacéis esto?”, dijo llorando. “¿Por qué nos atáis?”.

No hubo respuesta.

“Empecemos”

En torno al mediodía, un oficial dijo a un comandante por teléfono que habían reunido a 87 hombres.

“¿Qué debemos hacer con ellos?”.

La llamada terminó. El oficial dio una orden.

“Empecemos”.

A través de una grieta en una ventana cerrada, Duza vio cómo un soldado hundía un largo cuchillo en el cuello de su hermano. Cuando dos de los hijos de Hossain intentaron correr, los soldados dispararon.

Duza se echó atrás conmocionado. Subió al piso de arriba y se escondió en el único lugar que se le ocurrió: un hueco de unos 30 centímetros (un pie) de alto bajo un gran recipiente de madera que se utilizaba normalmente para guardar arroz.

Fuera, varios soldados utilizaron las culatas de sus rifles para clavar clavos de cuatro pulgadas (unos 10 centímetros) en las sienes de tres hombres que estaban tendidos en el suelo. Otros fueron decapitados.

Cuando avanzó la tarde, la matanza se hizo más metódica.

Los hombres y varones adolescentes fueron apartados en grupos pequeños y fusilados. En algunos casos, un soldado hacía sonar un silbato antes para indicar el comienzo.

Cuando se apagó el ruido de las armas, Duza bajó despacio al piso de abajo y huyó.

Durante las dos semanas siguientes viajó hasta Bangladesh. Su familia, pensó, estaba muerta sin duda.

No hay forma de confirmar de forma independiente la cifra de víctimas en Maung Nu. Pero un recuento manuscrito al que tuvo acceso AP detalla los nombres, edades y profesiones de 82 personas que según sus familias fueron asesinadas. La más joven tiene siete años, la mayor 95.

Al menos 200 más siguen desaparecidos y se teme que hayan muerto, indicó Mohamed Arof, administrador de la aldea.

“Tiene que comprender (…) nos odian”, dijo Arof. “Esto no pasó solo en nuestro pueblo, pasó en todas partes”.

Al final, Duza fue uno de los sobrevivientes más afortunados.

Tras varias semanas solo, encontró a un refugiado recién llegado con un celular de Myanmar y pidió utilizarlo. Llamó a su esposa. Respondió una joven. Era su hija de 14 años, Taslima.

Mientras se le llenaban los ojos de lágrimas, Duza le preguntó por el resto de su familia. “¿Están contigo? ¿Están vivos?”.

“¡Sí, papá, sí!”, dijo Taslima. “¡Estamos aquí! Todo el mundo está bien”.

Semanas más tarde, en un campo de refugiados, Duza volvió a deshacerse en lágrimas al abrazar a su esposa y a los hijos a los que creía que nunca volvería a ver.

“Me sentí como si viviera en otro mundo”, dijo Duza. “Parecía una vida nueva”.

Información de AP

The Associated Press trabajó en esta historia gracias a una subvención del Pulitzer Center on Crisis Reporting.

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