¿A dónde van los últimos parroquianos?: Proyecto rescata las picadas que son patrimonio de Santiago

Entre la enorme oferta de bares que hay en Santiago, unos pocos se detuvieron en el tiempo. Conservan una estética, tienen tradición familiar y, antes que promocionarse, sus dueños prefieren mantener una clientela fiel que encuentra en ellos su segunda casa. Algunos de estos boliches fueron visibilizados en la serie documental Los Bares son Patrimonio, de Haroldo Salas. 

Por L. Valenzuela

Durante la realización del documental El Último Vagón, que cuenta la historia del Club Deportivo Ferroviarios de Chile, Haroldo Salas ingresó en un par de ocasiones al Bar Don Plácido del Barrio San Eugenio. Allí se encontró con comida típica, caras que se repetían y una estética de otra época.

Tiempo más tarde, le bastaron un par de visitas al Restaurante Coltauco de Santiago Centro para notar que algunos patrones se repetían: los parroquianos se encontraban en la madurez de sus vidas y un sentido familiar los unía. Sus conversaciones abarcaban desde la historia de Chile hasta sus vivencias.

“Ahí se me ocurrió este concepto de que los bares tienen un sentido patrimonial súper potente. De ahí, en mi bicicleta empecé a recorrer boliches de diferentes comunas, como Quinta Normal, Santiago y Estación Central. Me fui interiorizando y conociendo a los dueños”, cuenta Salas.

Así nació la serie documental Los Bares son Patrimonio, que hoy a las 19.30 horas tiene su lanzamiento en el mencionado Coltauco. Son diez cápsulas de dos a cuatro minutos, en que los dueños de las cantinas y restaurantes cuentan su historia a la cámara. Además de Don Plácido y el Coltauco, en Santiago la lista incluyó a la Chichería Don Pancho, Bar Restaurante Turismo, Bar Chiloé, El Farolito, Bar Pato Cuac  y la Quinta de Recreo San Martín.

“Traté de no abordar los bares clásicos, porque la gente ya sabe de La Piojera, El Huaso Enrique, El Hoyo y un par más. La idea era tomar estos lugares medio invisibilizados en la ciudad”, narra el audiovisualista sobre el proyecto financiado por Pullman Bus.

“En algunos lugares no quisieron aparecer bajo ninguna lógica. La mayoría de ellos no busca publicidad. En el Barrio Matta, en un local atentido por dos señoras, me dijeron que por ningún motivo: que no querían que nadie entrara a preguntar ni que tomara ninguna foto, nada”, comenta.

Además del anonimato, a los boliches los define una carta con viejas preparaciones como el enguindado y el chichón, un cancionero AM y la ausencia de televisores. “Son lugares súper tranquilos, no hay peleas. Muchos de estos caballeros sacaron las pantallas para ver fútbol, porque iba gente joven que se curaba y peleaba. Tampoco cierran tarde, funcionan entre el mediodía y las once de la noche. No están pensados para la vida nocturna y no abren los sábados. Menos los domingos”, cuenta Salas, quien vislumbra el fin de estos espacios.

“El traspaso generacional es súper escaso. Las Lanzas, en Ñuñoa, es una excepción. Los hijos no se van a quedar con ellos, porque no les interesa el negocio. Muchos son la primera generación de profesionales en sus familias y están trabajando como ingenieros o abogados. De hecho, los dueños cuentan con orgullo que gracias a sus bares educaron a sus hijos”, sentencia Salas.

 

Las Lanzas

Pese a la variada oferta de Plaza Ñuñoa, Las Lanzas casi siempre cuenta con alta convocatoria. Existe desde 1964, ha mantenido una clientela fija durante décadas y tiene una carta con numerosas preparaciones caseras, como choros maltones, callos a la madrileña y sandwiches.

Para ser una fuente de soda de barrio, excede etiquetas: su público cruza diferentes edades y es uno de los lugares más conocidos de Ñuñoa. Además, tiene vida para rato: tras la muerte de su dueño histórico, don Manuel Vidal, fue heredado por su hijo del mismo nombre.

 

Wonder Bar

El Barrio Mapocho, uno de las zonas de Santiago donde bohemia y patrimonio son sinónimos, tiene entre sus emblemas al Wonder Bar. Tiene menos fama que su vecina La Piojera, pero ya superó el siglo de vida.

Pese a cambios de administración y a mudarse de vereda, su esencia mantiene ciertos elementos intactos. Algunos de esos emblemas son el pernil, el arrollado, las empanadas fritas, el terremoto y el borgoña.

 

El Pipeño

Muchos lo conocen como “El Portón de Lata”, pero su nombre verdadero es el Pipeño. Fue fundado por la familia Pérez-Alarcón en 1962 y nunca ha perdido su carácter familiar: hoy cuatro de los seis hijos del matrimonio trabajan en el local y todavía venden el vino que producen sus viñas en San Javier.

“Nos criamos en el restaurant, todos hemos pasado por acá. Hay clientes que nos han visto crecer. Seguimos con la tradición de nuestros padres -que siguen vivos-, con la cebolla en escabeche y los platos típicos de la casa. La gente acude por eso. Vienen vecinos del barrio y de empresas cercanas”, dice Isabel Pérez, una de las administradoras.

 

Bar Turismo

 Administrado por una madre y su hija, el Bar Turismo se distingue en la calle Amunátegui por su fachada pintada de rojo. En su interior hay un mesón principal, tras el cual hay una repisa con diferentes bebidas alcohólicas. El resto del paisaje es algo ecléctico: las mesas son de colores, hay un piano y de las paredes cuelgan cuadros, un mapa y un par de imágenes religiosas.

En su origen este lugar convivió con la Cárcel Pública, los ferrocarriles en la Estación Mapocho y una casa de remolienda. Sin el flujo de personas que le daban sus antiguos vecinos, el Turismo ha prestado sus dependencias para actividades culturales como lanzamientos de libros y encuentros de cueca.

 

Restaurante Coltauco

Ubicado en la esquina de Coquimbo con Serrano y fundado en los años 70, el Restaurante Coltauco tiene una clientela homogénea como sus paredes celestes.

Desde hace 35 años tiene el mismo dueño, que incluso prestó sus instalaciones para la grabación del filme Mi Mejor Enemigo.

Abierto entre las 10.00 y las 21.00 horas de lunes a sábado, es uno de los lugares donde se puede encontrar chichón, trago que nace de la combinación de una porción de pipeño y chicha.

 

 

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