Cambié mi profesión por un oficio: los chilenos que le hicieron la cruz a la oficina

Estudiaron carreras tradicionales y ejercieron con éxito pero en un punto dijeron basta. Por aburrimiento y estrés trabajadores de todas las áreas han transado la estabilidad económica y social por emprendimientos surgidos de sus propias manos. Acá cuatro de ellos cuentan cómo lo hacen para abrirse camino.

Por L. Valenzuela

 

De la publicidad a una cafetería de especialidad

 Una de las cafeterías de especialidad que abrió sus puertas en Santiago en 2018 fue Oh Some Coffee, en la esquina de Eliodoro Yáñez con Miguel Claro. Detrás de su barra está Alejandro Ferrada, quien hace menos de un año pasaba el día ante la pantalla de un computador en una agencia de publicidad.

“Estuve diez años en ese rubro, en enero renuncié porque la industria me tenía chato y reventado. Me fue bien en publicidad, trabajé en agencias grandes y llegué a ser director creativo. Pero me sentía incompleto, me costaba levantarme en la mañana. Y eso que me levantaba a las 9.30, mucho más tarde de lo que me levanto ahora”, dice.

Hoy su día transcurre entre la máquina de espresso y los métodos de filtrado manual, preparaciones que le eran desconocidas antes de que naciera su pyme familiar. “Me preparé para ser barista, fue un año de planificación y aprendizaje. Fue un descubrimiento mientras investigábamos con mi mujer en que rubro meternos. No queríamos algo normal,  queríamos algo que fuera rico y que la gente quisiera volver”, añade el publicista, quien el rescata la interacción social de su nueva ocupación.

“Estoy detrás de una barra, donde me relaciono con una persona distinta cada cinco o 10 minutos. Ya el 80% de los clientes que tenemos son frecuentes, que piden lo de siempre. Conocemos a nuestra clientela por nombre, sabemos sus historias. Esa es una cercanía que no se daba en la industria publicitaria. La idea es mantenernos a escala humana”, sostiene Ferrada.

 

De arquitecto a productor de cerveza

Cuando recién terminaba la carrera de arquitectura, en 2010, William Flores se encontró con una apetitosa oferta laboral. Aceptó sin pensarlo dos veces, pero su estadía en las oficinas del rubro fue breve. “Me hizo desinteresarme por la arquitectura más formal”, cuenta.

Tras el desengaño, Flores no tuvo que buscar mucho: se dedicó de lleno a la producción de cerveza, una pasión que había descubierto cuando era estudiante. Con un socio adquirieron una planta en Santiago centro y en 2012 nació Spoh. “Estaba corriendo todos los riesgos. Recién me había ido a vivir con mi señora actual, que en ese momento era mi polola”, añade.

Su día comienza a las 6.30 de la mañana debido a quehaceres domésticos y se extiende hasta pasadas las 22.00 horas, aunque a veces incluso sigue ocupado hasta medianoche. “Somos tres personas y hacemos de todo. En arquitectura hay que saber de astronomía, matemáticas, de arte e historia, entre otras. Ahora todas estas facetas me han ayudado mucho porque día a día debo sortear problemas de todo tipo, desde una cañería a una soldadura”, comenta Flores.

Spoh cuenta con seis variedades, pero se define por la IPA (Indian Pale Ale). Este tipo de cerveza se reconoce por el protagonismo del lúpulo, lo que se traduce en un sabor amargo. “Cuando partí en ferias había personas que escupían mi cerveza porque la encontraban muy amarga. Incluso me insultaron. Hoy todas las marcas tienen al menos una IPA. Tengo clientes que ahora están haciendo cerveza en su departamento. Y piden feedback. Ese dialogo es muy rico, es hacer comunidad a través de la cultura cervecera”, cierra.

 

De la gerencia al fondo del mar

 

“Ahora siento que veo colores. Cuando estaba en mi trabajo anterior veía blanco, negro y gris”, dice Carlos Novion (51), dueño y fundador de la empresa de buceo AquaSport.

Después de una extensa carrera como gerente de operaciones en varias empresas, en 2014 se sacó la corbata definitivamente. “Esto partió hace ocho años. Yo quería un hobby y un amigo me propuso bucear. No me tincaba, lo encontraba peligroso. Me metí sin fe y fue un cambio tremendo. Si tú pasas el espejo de agua, son otros colores, hay otros sonidos. En un metro cuadrado ves una cantidad de vida increíble, a mí me impactó. Me involucré, fui ayudante del profesor, hice cursos y sin darme cuenta estaba listo para ser instructor. Ahí formé mi empresa para capacitar a la gente”, cuenta el ingeniero en Ciencias Físicas y Matemáticas.

La oficina Novion es el agua. Sus cursos, certificados por la Professional Association of Diving Instructors (PADI), los imparte en una piscina en días laborales y en playas como Los Molles los fines de semana. Cuatro veces al año realiza salidas al extranjero con sus alumnos y también vende productos de su rubro en Internet.

“Esto me llena, por aquí va mi felicidad. En principio pasé de ganar lucas seguras a la inseguridad máxima. Esto ha ido creciendo. Manejo el tiempo a la pinta mía, mi oficina es la playa. Siempre estoy conociendo gente distinta, de diferente índole, que busca sacarse la rutina de encima”, agrega.

 

De diseñador a chocolatero

Desde hace unos meses, la casa de Ricardo Delucchi (45) está transformada en una pequeña fábrica de chocolates. Lo que partió como un pasatiempo con fines terapéuticos se transformó en una pasión que lo llevó a renunciar a su cargo como jefe de diseño de Publimetro.

“Estaba a full con la pega, pero en un momento me vino un resfriado, que parecía ser el típico. Pero se me pasaba y volvía a recaer. Al final derivó en una neumonía heavy, que según los doctores fue causada por una crisis de estrés grande. Me afectó, estuve dos meses con licencia. Me propuse algo para equilibrar esto y buscando en Internet descubrí un curso de chocolatería. Me encantó y de a poquito me enamoré del chocolate. Refleja unión y cariño, das felicidad”, dice el hombre de 45 años, quien tuvo pasos por medios como La Época y La Tercera.

Fue más de un año de aprendizaje, en que paulatinamente mostró sus preparaciones a sus cercanos. “De esto no sabía nadie en mi entorno profesional, solo mi círculo íntimo. Empecé a comprar implementos y a probar. En un encuentro familiar un 18 de septiembre llevé mis chocolates. Hice un montón y no quedó ninguno, les encantaron. En la Navidad y algunos cumpleaños pasó lo mismo. Noté que tenía dedos palpiano. Una persona cercana me ofreció un proyecto relacionado con los chocolates. Yo dije: si no lo hago ahora no lo hago nunca. Así me tiré a la piscina”, cuenta.

Ese proyecto fracasó hace dos meses pero no dio marcha atrás: Delucchi se alista para formalizar el lanzamiento de su línea de chocolates, Kalú. “He logrado una retroalimentación fuerte. Lo que me costó harto fue cómo presentarme. Me costaba poner el chocolatero antes del diseñador gráfico, no sé si por pudor, inseguridad o miedo. Ahora si me preguntan digo yo hago chocolates”, sentencia.

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