Estética y prácticas barriales: así se revitaliza el centro de Santiago gracias al comercio migrante

Un estudio del IDEA Usach catastró los negocios de los barrios Yungay y Balmaceda a manos de extranjeros. Los propios vecinos destacan el resurgir estético y de dinámicas barriales, y los datos muestran el autoempleo que generan

Por Gabriel Arce

Harina de maíz para arepas, tequeños, inca cola, patacones, y cervezas de malta. La irrupción de productos insignes de otros países de Latinoamérica son solo un ejemplo de la influencia que está significando en Chile el poder migrante, que se ha intensificado sobretodo en los últimos años y que ya suman más de 1,2 millones a lo largo de todo el país.

Sin embargo, y en algunos casos, su explosión demográfica también vino acompañado de prejuicios. Ese fenómeno, precisamente, es el que buscó desmantelar la investigadora del Instituto de Estudios Avanzados (IDEA) de la Universidad de Santiago, Daisy Margarit, quien demostró que la proliferación del comercio migrante no sólo genera su propio empleo y entra a otros, sino que también revitalizan y le dan más color a los barrios.

El estudio fue de largo aliento. Corresponde a un proyecto DICYT que se enfocó en los distintos comercios con propiedad de migrantes en los barrios Yungay y Balmaceda. Luego de un primer catastro hasta 2014, otro fondo reciente de la Universidad de Santiago permitió actualizar la radiografía migrante en el centro.

"En general estos barrios, sobre todo el Balmaceda, tienen un alto grado de vulnerabilidad territorial. Hay bastante deterioro en la fachada de las casas, en el equipamiento comunitario, a veces faltan luminarias, entre otros. Estos negocios, con la llegada de los inmigrantes, no solamente reinstalaron las prácticas barriales, en términos de un comercio que se dinamiza y espacios de encuentro que se crean, sino que ellos mismos se visibilizaron", explica Margarit.

En esos dos barrios céntricos, se constató la presencia de 99 comercios migrantes en total, 61 de ellos en el barrio Balmaceda y 38 en Yungay. Los emprendimientos preferidos de los migrantes allí son los almacenes (36%), seguidos por los restaurantes (21%), kioskos de alimentos (11%), bazares (10%), peluquerías (7%), entre otros.

¿Cómo llegaron a manos inmigrantes? en gran medida, a manos de dueños chilenos que por jubilación o insolvencia, terminaron traspasándolos.

"Algunos se mantuvieron en relación a 2014, pero encontramos que se generaron nuevos comercios de vecinos de otras nacionalidades, como colombianos y venezolanos", explica la doctora en sociología. La mayoría de los negocios corresponden a propietarios peruanos (77%), favorecidos por la mayor cantidad de tiempo que la colonia lleva en Santiago. Lo siguen los colombianos (8%), ecuatorianos (5%) y venezolanos (3%).

Derribando mitos

La consigna de "los extranjeros vienen a robar el trabajo a Chile" era, precisamente, una de las más odiosas para Margarit, pero la refutó. "Lo que observamos fue que en estos barrios, los inmigrantes son generadores de autoempleo. Se da mucho el fenómeno del empresariado étnico, porque los propietarios dan mucho trabajo a connacionales y otros extranjeros, aunque un porcentaje no menor emplea a chilenos", cuenta Daisy.

En promedio, estos comercios funcionan con entre 3 y 5 personas. El 47% de los comercios empleaban familiares, un 41% a connacionales, un 22% a otros extranjeros y un 10% a trabajadores chilenos. El espíritu emprendedor es tal, que el 29% de los comercios se fundó con personas que tenían entre 1 y 3 años en el país.

Lo cierto es que el tema económico era sólo una de las dimensiones para Margarit. El estudio comprendió, además, decenas de entrevistas a vecinos del centro de Santiago. "Lo más revelador fue que constatamos la revitalización de los barrios, tanto en sus dinámicas como en su estética. Los negocios vienen acompañados de nuevos productos, nuevos colores (destacan el azul y el amarillo), tipos de mercados, de fruta, que claramente contribuye a una estética al espacio que lo hace distinto", recalca la experta.

El alto número de "comercios de encuentro", que Margarit define como aquellos locales que favorecen la interacción entre personas, provocó en los vecinos una sensación de recuperación de las prácticas barriales. De hecho, hubo fenómenos curiosos, como el hecho de que los comercios de inmigrantes, al cerrar a altas horas de la noche, generaron una sensación de mayor seguridad para los vecinos que transitan en la calle.

 

 

 

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