“Lavar los cerebros, purificar los corazones": documentos destapan horror de centros de detención en China

Cerca de un millón de personas han sido detenidas y han tenido que pasar por este infierno

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Publimetro Chile
Por Agencias

El infierno era tal cual como lo narraban. Un plan de acción clasificado filtrado a un grupo de organizaciones periodísticas revela las prácticas de reeducación ideológica y de conducta que deben enfrentar los uigures, de religión musulmana, y otras minorías retenidas en centros de detención en China.

El gobierno chino ha detenido a cerca de un millón de personas, mayormente de minorías étnicas musulmanas, para lo que llama capacitación laboral voluntaria. Los documentos, altamente confidenciales, contienen una estrategia deliberada para cambiar su forma de pensar e incluso la lengua que hablan.

Muestran cómo Beijing está a la vanguardia de una nueva forma de control social basado en el uso de información y de la inteligencia artificial. Por ejemplo, a partir de la información recabada usando tecnologías para la vigilancia, las computadoras produjeron los nombres de decenas de miles de personas a ser interrogadas o detenidas en solo una semana.

En conjunto, los documentos ofrecen la descripción más relevante obtenida hasta ahora de cómo funcionan los centros de detención masiva, de boca del propio gobierno chino.

Centros de detención

Las torres de control, las puertas con candado doble y la vigilancia con videos están allí para “evitar fugas”. Los detenidos en el lugar son catalogados a partir de qué tan bien hablan el mandarín y siguen las estrictas reglas que hay para todo, incluso cómo se bañan y usan el inodoro. La puntuación que reciben decide si pueden irse.

centros detencion AP

Control

El Consejo Estatal de China dijo hace poco en un informe que “la libertad personal de las personas en los centros de educación y capacitación está protegida según las leyes”. Pero los documentos describen instalaciones con unidades policiales en la entrada, torres con guardias, alarmas que funcionan apretando un botón y sistemas de vigilancia con video que observan todos los rincones.

A los reclusos se les permite salir sólo en casos de emergencia, como por ejemplo por enfermedad, y deben ser acompañados por alguien que los “supervise y los controle”. El uso de teléfonos celulares está estrictamente prohibido para evitar “confabulaciones entre los de adentro y los de afuera”.

A los estudiantes se les debe permitir hacer una llamada telefónica a sus parientes al menos una vez por semana y pueden conectarse con ellos con video al menos una vez al mes, según los documentos. A quienes están recibiendo capacitación se le dice que presten atención “a los problemas ideológicos y los cambios emocionales que surgen cuando se comunican con sus familias”.

Modales

El primer rubro del programa de estos centros es la educación ideológica, que busca cambiar la forma de pensar y de actuar de los detenidos. Responde en parte a una vieja creencia china según la cual se puede transformar a las personas a través de la educación, una filosofía que fue llevada a extremos en la época de Mao Zedong.

Se supone que al mostrarle a los estudiantes sus errores del pasado, los centros promueven “el arrepentimiento y la confesión”, según la directiva.

El adoctrinamiento va acompañado de una “educación de modales”, en la que se enseña cómo comportarse y a “cortarse el cabello y afeitarse puntualmente”, a “cambiar de ropa regularmente” y a “bañarse una o dos veces a la semana”.

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El tono del documento refleja la percepción generalizada de los chinos del gobierno de que los uigures,, una minoría turca de unos 10 millones de personas con un lenguaje y una cultura propios, son proclives a la violencia y deben ser civilizados, como hicieron las fuerzas coloniales blancas en las Américas y Australia.

“Es una mentalidad parecida que proyecta un salvador, que estos pobres uigures no comprendían que estaban siendo llevados por mal camino por extremistas”, dijo Darren Byler, experto en la cultura uigur de la Universidad de Washington. “Piensan que los uigures son retrasados, que no tienen educación… gente sucia, a la que hay que enseñarle como lavarse”.

Mandarín

El mandarín es obligatorio. Beijing dijo que “las costumbres de los grupos étnicos y el derecho a usar su idioma hablado y escrito están protegidos en los centros”. Los documentos, sin embargo, indican que en la práctica, las clases son en mandarín y que ese es el idioma que se usa en las comunicaciones diarias.

Un ex empleado de Xinjiang TV que ahora vive en Europa fue seleccionado para enseñar mandarín durante el mes que estuvo preso en el 2017. Contó que dos veces al día los detenidos debían formar fila y ser revisados por la policía. Unos pocos elegidos al azar eran interrogados en mandarín, señaló. Quienes no podían responder en mandarín eran golpeados o privados de comida por días. O se les prohibía hablar.

A los detenidos se les toman pruebas de mandarín, ideología y disciplina. Un examen corto por semana, otro un poco más largo por mes y uno grande al finalizar el año. Se incorporan los resultados a un complejo sistema de puntuación. Quienes sacan buenas notas son premiados con beneficios como visitas de la familia y pueden incluso “graduarse” e irse.

A quienes les va mal se los coloca bajo programas más estrictos, con períodos de detención más largos. Exdetenidos dijeron a la AP que los castigos incluyen privación de alimentos, uso de esposas, confinamiento solitario, golpizas y torturas.

Puntuaciones

Las puntuaciones de los reclusos son incorporadas al POCI. Los estudiantes son enviados a programas para “mejorar las aptitudes vocacionales” solo después de haber estudiado al menos un año ideología, leyes y mandarín.

Cuando dejan estos programas, dicen los documentos, hay que hacer todo lo posible para que consigan trabajo. Algunos detenidos dijeron que fueron obligados a firmar contratos que los hacían trabajar muchas horas, con un sueldo bajo, y les impedían irse de la fábrica durante la semana.

¿Qué dice en gobierno chino?

Después de los ataques del 11 de septiembre del 2001 en Estados Unidos, las autoridades chinas empezaron a justificar las severas medidas de seguridad y las restricciones religiosas diciendo que eran necesarias para contener el terrorismo, aduciendo que muchos uigures eran susceptibles a la influencia de extremistas islámicos de otros países. Cientos de personas han muerto desde entonces en ataques terroristas, represalias y disturbios raciales, tanto uigures como chinos de la etnia mayoritaria.

centros detencion china AP

En su conferencia diaria de este lunes Geng  calificó la investigación como un “torpe y mezquino ardid”.

Señaló que “algunos medios” extranjeros tratan “exagerar el tema de Xinjiang” para “difamar” su campaña de “antiterrorismo y desradicalización”, junto con asegurar que “una Xinjiang estable y próspera será la mejor respuesta a esas calumnias”.

Los documentos fueron distribuidos entre todos los funcionarios por la poderosa Comisión de Asuntos Políticos y Legales del Partido Comunista de Xinjiang, que supervisa la policía, los tribunales y la seguridad estatal. Fueron firmados personalmente por el máximo funcionario de esa época, Zhu Hailun.

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Los documentos fueron entregados al Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación por una fuente anónima. El Consorcio verificó su autenticidad cotejándolos con informes de la prensa estatal y notificaciones públicas de la época, consultando a expertos, comparando la firma de Zhu con otras muestras y confirmando el contenido con ex empleados y reclusos de los centros de detención.

Expertos dicen que detalla un vasto sistema que detecta objetivos, vigila y clasifica grupos étnicos, para asimilarlos por la fuerza, sobre todo los uigures.

“Confirman que esta es una forma de genocidio cultural”, dijo Adrian Zenz, experto en temas de seguridad de la región de Xinjiang, en el extremo oeste de China, donde viven muchos uigures. “Quieren cambiar, asimilar, someter grupos étnicos enteros… Revelan que, desde un primer momento, el gobierno chino tenía un plan”.

Zenz dijo que los documentos reflejan el objetivo de los campamentos expresado en un informe del 2017 de la rama local del Ministerio de Justicia de Xinjiang: “Lavar los cerebros, purificar los corazones, apoyar lo que está bien, eliminar lo que está mal”.

 

 

 

 

 

 

 

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