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La confesión que el sospechoso de la muerte de Ámbar le hizo a Carlos Pinto años antes: “No podría asegurar que no volvería a cometer un crimen”

Hace unos años, el principal sospechoso de la muerte de Ámbar en Villa Alemana se entrevistó con Carlos Pinto para un capítulo de Mea Culpa por dos asesinatos que cometió. Allí confesó que hubiese preferido la pena de muerte y que no podría asegurar que no cometería el mismo delito nuevamente. Aquí, la transcripción completa del espeluznante diálogo.

Hugo Bustamante es el principal sospechoso hasta ahora del crimen de Ámbar en Villa Alemana. De acuerdo a las investigaciones que se han realizado hasta ahora, fue sindicado por la madre de la joven como la persona que le habría dado muerte, lo cual debe ser confirmado aún.

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Pero este no es el primer caso de homicidio al que se ve enfrentado Bustamante. Hace unos años, dio su versión a Carlos Pinto en el programa Mea Culpa, por el doble homicidio que cometió en 2005 de su pareja y su hijo de 9 años, por el cual salió en libertad años después.

Aquí el dialogo íntegro de Hugo Bustamante con Carlos Pinto, donde relata los hechos.

Carlos Pinto: Hugo, ¿cómo es tu relación con las mujeres?
Hugo Bustamante: Me cuesta mucho comprometerme con una persona. En qué sentido… en el convivir diario. ¿Por qué? Porque soy una persona muy inquieta. Podría decirse hiperquinética. Entonces, me cuesta estar en un solo lado.
– Tú no has amado nunca a una mujer verdaderamente, ¿no?
– Honestamente, no sabría. ¿Por qué le digo que no lo sabría? Porque se especula mucho sobre el tema amor y los sentimientos que influyen en la formación de ese concepto. Pero qué es lo que pasa, es que yo también he pensado si alguna vez realmente he amado a una persona. Pero no sé, nunca he sentido ni experimentado por ejemplo el tener una pareja y vivir tan dedicado a esa persona que la persona desearía morir, por ejemplo, si no la tuviera al lado.
– Ese es un acto egoísta. Muy propio de los sicópatas. ¿Lo sabías?
– Pienso que sí, hay rasgos. Siendo bien honesto, pienso que sí, hay rasgos. Porque, como dice usted, de partida yo me acostumbré mucho a suplir todas las necesidades de mi persona o de la persona que estaba conmigo pero en forma materialista. O sea, yo me preocupaba más de darle cosas materiales que afecto.
– Hugo, esta historia que acabamos de ver es terrible. Yo no sé cómo tú pudiste darle muerte a estas personas de la forma en que lo hiciste. ¿Cómo nade o cuándo nace esta semilla de la maldad?
– A ver, hubieron (sic) discusiones con ella que fueron engendrando yo creo una rabia interna. ¿Cierto? Oculta. Pero si usted me pregunta del momento en si que yo cometí los crímenes, tengo una confusión, porque algunas cosas yo por ejemplo he escuchado, ¿cierto? De Investigaciones, de las acusaciones del fiscal, que me hacen ver cómo fueron los hechos. Otras las recuerdo burdamente. Entonces yo hago una mezcla. Y ahí elaboro lo que pasó ese día. Pero si usted me dice a mi que sea detallista para describirle cómo pasaron las cosas ese día, honestamente, no puedo.

Su primer crimen

– ¿Cómo se explica entonces que por una simple discusión haya llegado a este horrendo delito?
– Ni yo me explico cómo y en qué momento me transformé en la persona que lo hizo. Yo a veces lo veo como un sueño. Como que hubiese soñado el episodio y que yo no fui la persona que llevó a cabo ese delito. Estoy consciente que fue así, que yo lo hice. Pero incluso a mi me cuesta aceptar los hechos. Yo hago cuenta que soy otra persona, y que dejo a Hugo Bustamante, o el asesino, como lo quieran llamar, la persona que cometió estos delitos, aparte. Y empiezo a mirar desde afuera el caso. Horrible. Entonces, me pongo a pensar por qué reaccioné de esa manera cuando podría fácilmente haberme levantado y haberme ido. Que hubiese sido lo lógico, porque antes lo había hecho. Y ese día, como le digo, por último yo le debería haber pegado un empujón cuando me llegó el golpe en la cara. No lo hice. Yo la tomé a ella.
– Cuéntanos qué pasó. Qué hiciste.
– Por eso le digo. Ahí ya me confundo un poco. Me acuerdo que ahí empezamos a discutir otras cosas más. Exactamente cuáles, no me acuerdo. Empezaron a salir trapitos al sol, como se dice. Y en un momento yo le digo, ‘sabí que más yo… me voy a bañar y camino. Me levanto de la cama y me llega una cachetada y ahí me doy vuelta yo y como que me dio… y me arañó el pecho. Y me acuerdo que me cegué.
– ¿Hasta qué punto?
– Hasta el punto de después haberlos visto muertos.
– ¿Qué hiciste ahí?
– Salgo al patio. Y veo el tambor que nosotros teníamos para acopiar agua. Se me ocurre vaciar el tambor y echar los cuerpos al tambor. Y no se me ocurría qué hacer y los dejo en el negocio me acuerdo. Ni yo me explico por qué le eché agua. Se me ocurrió echarle agua al tambor.
– ¿Y después le echaste algo más?
– Claro, me acuerdo que yo tenía un poco de cal. Le eché eso y creo que había un poco de yeso también. Y eso fue lo que después, me di cuenta yo que permitió la ubicación de los cuerpos, porque fermentó, con la misma agua. Además de la mezcla de la cal.
– ¿Cuánto tiempo pasaron tus víctimas en ese tambor?
– Tres días.
– ¿Tres días?
– Claro, yo el día viernes salí a Quilpué. Y yo quería irme de ahí porque tenía que entregar la casa. Y ubiqué otra casa que arrendé, en Villa Alemana, en Troncos Viejos. Me llevé los cuerpos para allá. Y de ahí, no enterré tampoco los cuerpos. No sé por qué, en ese aspecto, no fui frío. No enterré los cuerpos en forma inmediata. Yo los enterré cuando empezó a salir un mal olor.
– Fue un error…
– …La cosa es que empieza a salir olor y yo digo, ¿qué más hago? Y hago un hoyo en el jardín y metí el tambor. Y tampoco fue tan profundo. Entonces, lo tapo con tierra.
– Pero si tú hubieses realizado un hoyo más profundo y hubieses ocultado los cuerpos de mejor forma habrías dado un paso a un crimen perfecto, ¿no?
– Claro.
– ¿Qué hubiese pasado contigo en ese caso?
– Es una interrogante que yo mismo la tengo. No podría responder lo que no sé. Usted me está poniendo en una posición que no he vivido. Por eso le digo, yo podría a lo mejor ponerme como víctima y decirle lo que no es cierto, pero la realidad no es esa. No sabría decirle a ciencia cierta qué habría pasado conmigo.
– ¿Pero tú querías ocultar los cuerpos por instinto natural?
– A ver, es que no fue una reacción tan rápida e incluso yo la encuentro ilógica. Porque yo no lo hice en forma rápida, porqué apenas llegué yo no hice ese hoyo y enterré los cuerpos altiro… Ni yo me explico por qué dejé pasar ese tiempo. Debido a qué. No entiendo por qué yo no razoné más y fui más frío. y que me haya llevado los cuerpos de la casa, ¿por qué no hice el hoyo y los enterré y traté de no dejar huella de lo que había hecho? No se me ocurrió.
– Hugo, sinceramente ¿tú te consideras una persona normal?
– Es cuestionable esa respuesta, porque yo he analizado los motivos por los que llegué a donde estoy. Hasta el momento me consideraba normal. Creo que tengo un comportamiento normal ahora, pero no lo tuve. Entonces eso me hace ver que en cierto momento no lo fui. Yo cuando estaba en juicio hice hincapié en una cosa: no creo que exista una persona que tenga la sangre tan fría para planificar lo que yo hice.
– Y este tiempo de reclusión, ¿te ha permitido sacar alguna conclusión respecto de tu particular filosofía de la muerte?
– Por qué arruiné mi vida de esa manera… si yo lo tenía todo. Tenía una posición económica buena. Tenía una mujer que yo podía simplemente tomar la opción de separarme y seguir mi vida por otro rumbo. No había necesidad. O sea, yo no tendría por qué haber cortado dos vidas de esa forma, para tratar de resolver un problema. Si antes no lo había hecho, por qué lo hice en ese momento. Se suponía que situaciones como esa nunca me iban a poder pasar. Y aquí estoy, convertido en un monstruo.

¿Arrepentido?

– ¿En un monstruo?
No sé de qué otra forma se puede catalogar a una persona que mata a dos seres humanos. ¿Cree usted que podría yo verme como una persona normal o podría decirle tengo los mismos principios de los demás?
– Hugo, te he escuchado la forma en cómo tu racionalizas todos los hechos. Pero igual creo que tengo que hacerte esta pregunta. ¿Estás arrepentido de lo que hiciste?
– No por el temor a estar preso. Que es un temor fuerte. Cualquier ser humano no quiere ser privado de su libertad por supuesto. Es cuando uno se empieza a cuestionar si existe o no existe Dios. Y si existe o no la condena.
– Te repito la pregunta. Después de todas estas conclusiones que has saco. ¿Estás arrepentido realmente?
– Claro que tengo arrepentimiento, por eso le decía yo cuando uno empieza a reflexionar sobre lo que también puede venir más adelante. Se mete incluso la parte espiritual, a eso quería llegar yo. Se va más al fondo de.
– A ver, ¿estás arrepentido racionalmente o espiritualmente?
– Es que entiéndame. Yo he llorado bastante y solo. A mí cuando hay gente me cuesta hacer las cosas o decirlas. No sé por qué. Creo que es como una forma de defensa que tengo conmigo mismo. Pero no me gusta que la gente vea mis debilidades ni tampoco me vea a mi, cierto, en lo que yo considero personal, propio. Yo sería cínico si le dijera, sabe qué, si saliera de aquí, me dedicaría a meterme a cura, por decirle un ejemplo, pero no soy cínico en decirle a usted que he pensado en lo que hice y que tengo un arrepentimiento. O sea, le vuelvo a insistir, de momento que tomo pastillas para dormir, sueño con lo que hice, pienso constantemente en lo que hice, me cuestiono, eso es un cúmulo de cosas que se juntan, y hacen que uno tenga una amargura o muchas veces un deseo de llorar que uno no entiende por qué lo hace cuando está solo en su cama y sin motivo aparente.
– Hugo, ¿tus lágrimas afloran exactamente por qué? ¿Por haber perdido la libertad? ¿Por haber dado muerte a dos personas o porque se vino a tierra tu proyecto de familia?
– A ver, es que estar privado de libertad es fuerte, pero yo creo que es llevadero. Somos animales de costumbre nosotros. O sea, de estar repitiendo tanto la misma conducta, la misma rutina, nosotros nos adaptamos. Y eso no se hace tan tedioso, no se hace tan insoportable. Eso uno lo puede aguantar. Pero le vuelvo a insistir, yo no tengo una pastilla milagrosa que me la voy a tomar y voy a dormir tan tranquilo que no voy a soñar con lo que hice. No tengo una pastilla que me diga sabe que hoy día me la tomo y no voy a pensar en lo que hice en todo el día.
– ¿Eso es lo que a ti te aterra, no? Tu conciencia te golpea diaria y duramente.
– Claro, porque le insisto yo me pregunto por qué llegué a ese extremo yo. Como sea, dónde está las cosas que he estudiado, lo que he leído. De qué me sirvió si se supone que hice lo que nunca podría haber hecho una persona.

Podría volver a hacerlo

– Dados los conceptos de los cuales tú me estás hablando Hugo, si tu quedaras en libertad podrías volver a cometer el mismo delito.
– Lo he pensado. Lo he pensado. También me he cuestionado, también lo he analizado. Y a ciencia cierta, no tengo la respuesta. No podría decirle no, es imposible que volviera yo a vivir una situación tan parecida. Ni tampoco porque, de hecho, pienso que no. Pero también digo… bueno, si en un momento determinado exploté de esta manera, frente a cierto tipo de situaciones, ¿explotaré nuevamente? Y eso si que es angustiante, ¿ah? Eso si que es angustiante. Porque sabe qué, con eso uno se demuestra a si mismo que no conoce.
– Y entonces, ¿cuál es el castigo más grande por estar aquí?
– Lo que se siente y lo que se piensa. El sobrellevarse a si mismo. Esa es la verdadera condena. Porque si existiese la pena de muerte, no tenemos pensamiento, ya no hay más sueños, ni trasnochadas, ni cavilaciones…
– Si hubiese estado vigente la pena de muerte, probablemente tú habrías sido un candidato. ¿Estás consciente de eso?
– Claro que si.
– ¿Te hubiese gustado?
Pienso que sí. Con temor, pero sí. Porque no creo que exista una persona que quiera realmente darse muerte, hasta el que se suicida. Va con temor al suicidio. Pero era preferible yo creo a una condena de seguir pensando, pensando y pensando. Pienso que es un descanso que se daría una persona.

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