El precio de la irresponsabilidad

  • Comunicador multifacético, experto
    en marketing y redes sociales y emprendedor por naturaleza.

Santiago parece Marte. Está con un filtro de horror culpa del humo asfixiante y asesino. Estamos mareados en un asado humano de calor sin ventilación como un tráiler del fin del mundo. En la tele, un presidente naranja asume el poder de Estados Unidos y aún parece tan irreal. Tan como que nada importa. Mientras los animales corren por el fuego en los paisajes sureños. Y hay personas que creen que con sólo pensar se solucionará el precio de la irresponsabilidad.

Sería hermoso que alguien chequeara las declaraciones de estas horas. Ahora que todos somos expertos en incendios forestales y que todos tenemos la mejor solución. En estos días donde la gente tiene la moral de un director técnico que propone soluciones delirantes. Cuando todos olvidaron que todo el año hay árboles al lado de las carreteras que generan un escenario combustible que no tiene dónde parar.

Ahora cuando las casas se queman y la gente pierde sus cosas y todo se vuelve una película de desastre. Es ahora cuando hablan los que siempre hablan para aprovechar el vuelo. Y hace falta un poco de silencio y trabajo. Y no desperdiciar la próxima oportunidad de tener una solución en el país de los parches. En la copia feliz del Edén.

Es que desde hace un tiempo todo parece inyectado de un cinismo enorme. Como si todo apareciese desde la nada. Y no es así: cuando pasan las cosas tienen sus motivos.

Uno fuerte es que aquí ni hay mucho control de lo que hagan o planten las empresas. Otro es que no hay idea de donde se construye y lo peor de todo es que siempre parece que reaccionamos y nunca tenemos un plan previo a que pasen estas cosas.

La naturaleza no avisa. Está ahí presente. Nosotros la hemos manipulado y nos hemos metido con ella.

Y en estos días en que se nos devuelve, enorme, naranja y monstruosa, no hemos pensado mucho nuestra culpa porque preferimos acusarnos entre todos y aprovechar la oportunidad de llevar agua a nuestros molinos.

Hay que hacer una crítica general a la irresponsabilidad y a quien le caiga el poncho que se lo ponga. Da la impresión que generaciones de universitarios que metieron a estudiar cada cosa tampoco son garantía de lo responsable y de las buenas ideas. Puede que no están formados en el estándar de la responsabilidad que demanda una ciudadanía que solicita respuestas en medio de desastres como el que estamos viviendo. Desastres que después como imagen de archivo a esta altura no nos sorprenden, sino nos hacen pensar qué hicimos mal.

Otra vez.

Y otra vez. ¿Son los más aptos los que están a cargo? Esa pregunta nace no sólo mirando, sino que también todos los días cuando nos enteramos de las torpezas del Congreso en una era de desconfianza pública. No son el ejemplo: son más y más dosis de irresponsabilidad, más propia de una escuela que de adultos responsables y capaces de proponer una solución. Eso es lo que se está volviendo peligroso. Que ya no parecen adultos. Es el horror. El espacio vacío.

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