La soledad

  • Comunicador multifacético, experto en marketing y redes sociales y emprendedor por naturaleza.

La gente está muy sola. La soledad desespera y enloquece. La soledad se expresa en el momento en que llegas a fin de mes y no alcanza y miras cómo te persigue la tarjeta. Como un cazador sicópata. Quizá este mes no te atrapa, pero ahí está, esperando abalanzarse en el instante en que la cesantía te pegue.

La soledad es prender la tele y ver que todos están peor que tú y no puedes decirlo porque te sientes mal también y no van a comprender la dimensión enorme de tanta cacería. Es el instante en que te das cuenta que buscas pega y no encuentras en lo que te gusta. Y es que te educaron para tener todo lo que te gusta y te diste cuenta que no es así.

Nadie puede entender la soledad porque estamos rodeados de Facebook, Twitter y familiares, pero en realidad ninguno se habla. La soledad se traduce en individualismo, como un acto defensivo. En lo que a mí me compete, en empezar a usar con la imaginación la plata de los otros y manifestarlo como un acto de justicia. Porque siento que todo es mío y si no es mío podría hacerlo mejor.

Hacerlo mejor sin tener ni un punto de comparación. Ningún parametro. Es sólo una sensación porque es mía nada más. Y abre el derecho desde el yo a decir una verdad, una posverdad: algo que creo y por tanto se hace realidad. Al más puro estilo de la autoayuda. Que es auto, que es sola y peligrosa.

Pero la sociedad se ha transformado en eso: una suma de soledades que jamás puede expresar preocupación por el otro. El otro contra el yo por nada. El odio como expresión de una supuesta inteligencia. Lo primitivo, lo asilvestrado, el enojo sin pensar. Lo más dentro de nosotros que se debería guardar también para no atropellar, pero ¿que es atropellar si no considero que el otro siente?

Me dan vueltas estas ideas cuando leo que hasta el momento los incendios están según la justicia impulsados por pirómanos. Pirómanos que, si hay algo en que podemos estar seguros, son enfermos. Y si son enfermos y nadie les dijo, están solos.

Los días anteriores a las definiciones cuando todos estaban en la angustia de saber quién estaba provocando y las sospechas eran realmente de un guión de películas de Hollywood clase B, pensaba en ello: nadie puede ser tan mala persona para desear ver a un país arder y a muchos chilenos perder sus hogares. Pero si existen esas malas personas quiero estar seguro que éstas estaban planificando esto. Si no, es lanzar miedo por el aire. Es desconfianza plena. Es no sentir.

Y muchos lo hicieron, promovieron el susto, la sospecha, ¿para que? ¿para sacar más votos? Pan para hoy, hambre para mañana.

El ridículo de creer que con eso ganan algo cuando todos perdemos. Perdemos todos si nos va mal. Si se apaga la luz, a todos se nos corta. Si se quema una casa, se nos quema a todos. Todos somos Chile. Todos, incluso con los que no estamos de acuerdo siempre. ¿Tenemos que celebrar o aprovechar eso? No. Tenemos que pensar más en el otro y dejar de lado la soledad. La soledad es tristeza.

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