Apóstatas, ateístas y creencias (parte I)

Por Rodrigo Severín
  • Diletante

Al ver la última producción de Scorsese, el film “Silencio” (2016), me motivé a preguntarme cuál sería la diferencia esencial entre el que reniega de la fe, habiendo sido educado en ella, en su condición de libre pensador, versus el que renuncia por los medios de la coerción, sometiendo la voluntad al temor por la sedición que percibe la autoridad política de una determinada dominación. Las tres negaciones de San Pedro, por ejemplo, representan el primer hito en la historia de la cristiandad.

La película es una ficción basada en hechos reales, narrados en la novela homónima de Shuzaku Endo. La historia está contextuada en la medianía del siglo XVII, inspirada en la historia de dos jesuitas portugueses que se dirigen a Japón a buscar al último de sus correligionarios misioneros, de quien se ha perdido toda seña de vida. Los cristianos ocultos están siendo exterminados por el inquisidor. Puesto que practican el culto en la clandestinidad, éste, al detectar a aquellos grupos sospechosos, les fuerza pasar la prueba de la apostasía, que consiste en pisotear o escupir imágenes talladas con íconos de la Virgen María y Cristo. En fila van pasando, y quien se oponga es sometido a crueles vejaciones y torturas.

El protagonista, Sebastiao Rodrigues, es tomado prisionero, y tratándose del último baluarte de la misión, antes de obligarle a renegar de la fe, es forzado implacablemente a atestiguar el horror parsimonioso del espectáculo de la sangre, espectáculo diseñado a medida con calculada estrategia: si cae Sabastiao, cae la religión.

Sebastiao se pregunta por el silencio de Dios. Se pregunta si acaso vale la pena porfiar por una “verdad”, teniendo la alternativa de evitar la masacre con un sólo gesto, y con una mínima dosis de hipocresía, considerando las terribles circunstancias… sepultaría a la cristiandad en Japón, pero evitaría millares de sepulturas por venir: la rendición de la fe por la salvación de la vida.

Me resulta en extremo curioso pensar que un sólo gesto, dirigido hacia un símbolo material, establezca la diferencia entre la salvación y la condena, o viceversa. ¿Abogo por la pequeña hipocresía? No lo tengo del todo claro, para ser francos.

Me parece que la grandeza del dilema en juego supera el dilema weberiano entre la ética de la convicción (promover la fe a toda costa) y la ética de la responsabilidad (la apostasía en este caso). Se trata de un fenómeno más sutil. La decisión por el gesto no queda remitido a la esfera del acto político, dado que se puede inscribir en sus causas y efectos al ámbito de la intimidadad para cada individuo, sin trascender necesariamente a la esfera de lo social.

Poner por delante la convicción por sobre la vida (o la muerte si se quiere), evangelizar, ha sido el sino de la fe cristiana a través de su historia, otorgando al fenómeno unas dimensiones escatológicas que escapan a la reducción eticista aludida. En el extremo, prevalece esta abstracción de la fe por sobre la propia vida.

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