(In) comunicados por las redes

Por Magdalena Piñera
  • Profesora

No hay duda que las redes sociales han provocado un gran cambio en la sociedad y en nuestras vidas. Son conocidos los casos de personas que gracias a plataformas como, por ejemplo, Facebook, han conseguido reencontrar a amigos de la infancia, parientes con los cuales se había perdido el contacto e, incluso formar parejas. Recuerdo la experiencia de un amigo chileno que encontró a una prima hermana argentina de cuya existencia no tenía idea. Aunque sus respectivos abuelos eran hermanos, estuvieron en bandos opuestos durante la guerra civil española, la que tristemente terminó separándolos. El Internet y Facebook le torcieron la mano al destino reuniendo a sus nietos hasta ese momento separados por la historia y la cordillera.

Sin embargo, las redes sociales nos ponen frente a una paradoja.

Porque la oportunidad que ellas nos entregan de comunicarnos instantáneamente con cualquier persona donde quiera que se encuentre, significa también la posibilidad de reducir ese contacto humano exclusivamente al ámbito virtual. Es decir, podemos chatear o "whatsappear" todos los días con un pariente o amigo sin saber realmente cómo está, qué siente o cuáles son sus sueños, temores o problemas. Cuando le preguntamos cara a cara a alguien cómo está y nos responde “bien”, sabemos por el tono, énfasis y expresión corporal cuán “bien” está realmente. Información que no conocemos cuando solo leemos “bien”.

La superficialidad de la comunicación a través de las redes sociales nos ofrece la comodidad de no salir de nuestras casas o trabajos para juntarnos con las personas, de no dedicar tiempo para escuchar aquellas cosas que no se suelen contar por WhatsApp, de mirar los ojos de quien nos escucha y ver en su expresión si lo que le decimos le importa o no.

Sin duda es fuerte la tentación de relacionarnos con algunos de nuestros amigos y parientes solo a través de estas redes. Porque junto con la facilidad de escribir cuando y donde queremos nos brindan la ilusión de cultivar una relación familiar o amistosa. Ilusión, porque cuando estamos enfermos o tenemos un problema importante, notamos la gran diferencia que existe entre recibir el llamado o la visita del amigo y leer el "Mejórate pronto!" o el "Ánimo!" que nos envían por WhatsApp. Y sabemos que existen amistades, familiares y situaciones donde ninguna palabra o emoticón pueden reemplazar una mirada, un abrazo o un beso. Y el riesgo de equivocarnos puede acarrear la decepción de quien nos quiere y quizás su alejamiento, y nuestra soledad.

Hace poco leí un estudio según el cual casi el 85% de los jóvenes chilenos usa frecuentemente las redes sociales, superando a países desarrollados como Estados Unidos (75%) y el Reino Unido (65%) entre otros (61%). Pero también somos el país donde, según la Organización Mundial de la Salud, existen 850 mil personas con depresión y más de un millón con ansiedad. Y aunque tal vez no hay relación de causalidad entre ambos hechos, llama la atención que coincidan como noticias en la prensa​ actual​ .

Podemos usar las redes para acercarnos más a quienes queremos o para alejarnos de ellas. Quizás vale la pena pensar cómo usar estas redes sociales de manera positiva en nuestras relaciones interpersonales. No confundamos el espejismo de calidez humana de las redes sociales con la verdadera humanidad de aquellos a quienes siempre vamos a necesitar porque queremos.​

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