Morir de rock

Por Nicolás Copano
  • Comunicador multifacético, experto en marketing y redes sociales y emprendedor por naturaleza.

El Indio Solari es muy difícil de entender en Chile. Es un fenómeno propio de la sociedad argentina, que es diferente a la chilena en muchos aspectos. Partamos por lo básico: la sociedad argentina está compuesta por un concepto de caudillismo, con una figura central como el general Perón. Perón y su estirpe dieron origen al Peronismo, que es, parece, una respuesta única al orden y cauce del proyecto político transandino. Cada vez que una alternativa intenta aparecer, se queda a) sin gente b) es apretada por la competencia o c) carece del convencimiento necesario para generar lo esperado, ya que funciona como una estructura religiosa.

Mientras, en Chile somos de otro modo, ni mejor ni peor, pero diferentes: acá Diego Portales eliminó esa figura de liderazgo, mezclado por supuesto con que nuestro pueblo originario lleva en su ADN la horizontalidad. Eso es lo que hace difícil por ejemplo la conversación con la Araucanía: los liderazgos están esparcidos. Eso, en Argentina es imposible: existe una conducción. Un ceremonial donde al otro se le reconoce en su condición de estar arriba. El problema es que estar tan arriba puede conducir a la muerte a otros, porque estás tan convencido que enloqueces.

Solari es un músico que está en ese dilema: construyó el pogo más grande del mundo y eso se le vino encima a inocentes la noche del sábado.

Tanto así que ahora todos buscan respuestas de qué sucedió y parece que los responsables no están, por tanto, todo apunta a su ego. Un ego que no pudo responder en un entorno donde a todo se le dice que sí. Donde no hay ningún enano tirando la toga para recordarle al falso dios que es humano.

En Chile esto no sucede: siempre hay un hinchapelotas pegando. Eso es bueno, porque controla locos, pero también triste porque no existen los reconocimientos. Sólo el conocimiento del otro y si deja de servir, si te he visto no me acuerdo.

Son lógicas de lealtades irrompibles y fanáticas las que destruyen todo arte. Todo arte sin discusión siempre termina en una tragedia estúpida. Como la política, cuando se convence de tener la única verdad negando al otro, que necesita estar, porque sin un colectivo, un equipo, no somos realmente nada.

Eso es lo que pasó en Argentina el sábado y es para nosotros motivo de análisis de diarios por lo sorprendente: si coordinar a un montón de gente para que diga lo mismo que tú y generar algo, es política. Solari lo es. Ahora, sin duda también hay malos políticos y Solari tiene algunas buenas letras y otras que no le hacen justicia al legado del rock transandino, que es más Borges que Neruda, y por eso tiene ese sabor especial en los taxis donde siempre cuando prenden una radio encuentras un cuento, una historia, un qué sé yo.

Acá el yo no está, es viento solamente para una brisa de locura que terminó con gente muerta en un predio sin seguridad y con tipos retorciéndose de ahogo, inseguridad de familias con gente perdida y el miedo de estar sin saber de los tuyos.

Horripilante realidad latinoamericana que vuelve siempre.

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