Claves de la felicidad

Por Hugo Tagle
  • Capellán UC. Twitter: @hugotagle

Me llegó por las redes una historia que comparto con ustedes. Un agricultor tenía el mejor cultivo de maíz y cada año llevaba su producto a la feria de la región donde le daban un premio.

Un año un periodista lo entrevistó y se enteró de algo interesante acerca de cómo cultivaba su maíz. El periodista descubrió que el agricultor compartía su semilla de maíz con sus vecinos. "Cómo puede darse el lujo de compartir sus mejores semillas de maíz con sus vecinos cuando están entrando en competencia con la suya cada año? ¿Por qué lo hace?" preguntó el reportero. El agricultor le respondió: "Porque el viento recoge el polen del maíz maduro y lo mezcla de campo en campo. Si mis vecinos cultivan maíz inferior, la polinización cruzada degradará de manera constante la calidad de mi maíz. Si quiero cultivar buen maíz, debo ayudar a mis vecinos a cultivar maíz bueno también."

Sabia decisión. Así es con nuestras vidas. La felicidad propia descansa en ver felices a quienes nos rodean. Los que quieren vivir y ser felices deben ayudar a enriquecer las vidas de los demás, porque el valor de una vida se mide por las vidas que toca. Y aquellos que eligen ser felices ayudan a otros a encontrar la felicidad, porque el bienestar de cada uno está ligado al bienestar de todos.

Nadie es feliz solo por mucho tiempo. Llámelo poder de la colectividad. Llámelo un principio de éxito. Llámelo ley de vida. ¡El hecho es que ninguno de nosotros realmente gana hasta que todos ganamos!

Quien pretenda ser feliz solo sin hacer participar de esa felicidad a otros, se aísla, vive con temores. Es como el cuento del gigante egoísta, de Oscar Wilde. Hasta que éste no compartió la belleza de su jardín, no supo valorar lo que tenía y finalmente descubrió en los niños que jugaban en su jardín, la clave de la felicidad.

Fuimos creados para ser y estar con el otro. Debemos pasar de ser una sociedad a ser una comunidad. Una suma de individuos aislados, encerrados en su metro cuadrado, no hacen comunidad. Y cada uno potencia lo mejor de sí mismo, cuando convive y se relaciona con otros. Ver felices a quienes nos rodean redunda en una verdadera felicidad personal.

Esto mismo lleva a agradecer a la vida todo lo bueno que nos da. Un buen ejercicio sería enumerar esas cosas que tenemos, tomar conciencia de ellas. No son obvias: la salud, la vida, los seres queridos. Cuando hacemos una lista de gratitud nos obligamos a enfocarnos en cosas buenas.

Sea asertivo: pida lo que quiera y diga lo que piensa. Está demostrado que ser asertivo ayuda a mejorar la autoestima y crecer en cuotas de felicidad. Ser dejado y aguantar en silencio todo lo que le digan y hagan, genera tristeza y desesperanza.

Mejore su relación con Dios. Las personas que tienen una relación estrecha con Dios, que rezan, que conversan con Él, que participan de algún grupo religioso, son más felices. Al menos, abordan y sortean las dificultades con mayor entereza y facilidad.

Sembremos el bien. Ganamos todos.

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