Nacionalismos

Por Rodrigo Severín
  • Diletante

Esta semana hemos visto la celebración de los 60 años de los Tratados de Roma, no exenta de polémicas. Los 4 Tratados fueron firmados en un comienzo por Alemania Occidental, Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo y los Países Bajos. La idea, en términos generales, era generar la unificación comercial, energética y política de estos países en un gran proyecto que culminaría en lo que hoy conocemos como la Unión Europea.

Las consecuencias de la crisis económica de 2008 y de la guerra en Siria, con la avalancha de refugiados que han ido llegando a Europa, han socavado las confianzas al punto de poner en riesgo la estabilidad de la región y del proyecto de unidad con el auge de los nacionalismos.

Así hemos visto el Brexit, una reñida elección en Austria, con una ultaderecha casi vencedora, al igual que en Holanda, y un probable triunfo de Le Pen en las próximas elecciones en Francia. Al margen de Europa, e indirectamente, también se está dando este fenómeno con Trump electo presidente en Estados Unidos.

Exactamente hace un siglo se publicaba “Nacionalismo: Todas las grandes naciones de Europa tienen sus víctimas en otras partes del mundo”, cuya autoría pertenece al Premio Nobel indio Rabindranath Tagore (1861-1941). Sin duda un obra maestra.

Es un texto muy particular porque en toda su extensión no hace referencias a citas de ningún otro escrito u autor. Es como si emanara de las vísceras de Tagore, fluyendo cual torrente de ideas en una prosa plagada de imágenes luminosas, portadoras de una elegancia lírica y vehemencia feroces.

La concepción de “nación” es curiosamente ambigua, porque nunca queda claro a cuál se refiere. A su vez, sin embargo, incluye a varias naciones occidentales del primer mundo como aunadas en una gran nación. A veces da la impresión de estar refiriéndose al Imperio Británico, naturalmente: India aún estaba subyugada a su dominación política. A veces se dirige a una gran nación; a veces a varias, pero en su conjunto, a una sola gran civilización occidental. En ese tiempo, Estados Unidos no era la potencia que hoy domina el orbe, pero sin señalarle, hoy cae con absoluto rigor y de forma prominente en su preclara dialéctica.

Ya en su época preveía la destrucción de una civilización monstruosa y el riesgo de oriente, particularmente de Japón, de caer en la colonización del espíritu de occidente por el hecho de asumir las técnicas al costo de perder la fortaleza de la impronta milenaria de la espiritualidad oriental: “… Podemos profetizar, sin peligro de equivocarnos, que las cosas no podrán seguir así porque este mundo se rige por una ley moral que han de cumplir tanto los individuos como las comunidades humanas organizadas. Estamos ante un auténtico síntoma de senilidad, ante una degradación pública de los ideales éticos que va calando en todos y cada uno de los miembros de la sociedad, incubando debilidad allí donde no se ve y generando una desconfianza cínica hacia todo lo que hay de sagrado en la naturaleza humana…”.

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