Columna: Cambio al "hincha" de la Roja por el "monstruo" de Viña

No hay que meter a todos en el mismo saco, pero las pifias con el partido 3-1 a favor ante Venezuela representan a un buen número de personas que van a ver a la Selección sólo como un panorama más. Ni el público del Festival abuchea, incluso aunque el show no sea para gaviota.

Por Juan Ignacio Gardella

Tanto humorista fome y cantante con playback que ha pasado por el Festival de Viña en los últimos años y ahí están las dos gaviotas en sus casas, cuando en realidad se merecían un abucheo monumental del “monstruo”, que ya no le hace honor a su nombre. Como tampoco el “hincha” de la Selección, que de eso tiene bien poco y suelta pifias en el Monumental por un par de pases hacia atrás a los mismos jugadores que trajeron las primeras dos copas a nuestras vitrinas y nos sacaron el rótulo de “perdedores”.

No es nada nuevo esto último y las razones son conocidas: un público ajeno al fútbol, que ve el partido como un espectáculo -como una obra de teatro o una película en el cine-, que va por la selfie de rigor -para Facebook, Instagram o Twitter- y que exige emociones cada cierto tiempo -porque pagó una entrada cara y se las “merece”- (ver "Así funciona el tan criticado 'hincha' de la Selección"). Claro, no hay que meter a todos en el mismo saco, ya que están, por ejemplo, los que se mamaron la frustrante noche de San Juan contra Venezuela en la Copa América de Argentina 2011 y los que se aguantaron las burlas locales en Belo Horizonte en el Mundial de Brasil 2014, cuando no éramos nada.

Más encima, a esos malagradecidos les pide disculpas a cada rato Vidal por perderse goles que generalmente hace y después ante los micrófonos se echa la culpa por lo exiguo del resultado, mientras que Alexis, que jugó uno de sus mejores partidos con la Roja, le pega con su camiseta a un poste y termina frustrado porque falló un penal que le impidió superar al Matador para quedar en solitario como el máximo goleador histórico del Equipo de Todos. La autoexigencia de las dos figuras de la mejor selección chilena de la historia contrasta con la exigencia desmesurada de un espectador que sale del estadio y ya está pensando en el panorama que viene.

Ahora, hay que ser ciego y sordo para no darse cuenta de que la pifiadera también se produjo por nervios, porque el que diga que no se le aparecieron los fantasmas cuando descontaron los venezolanos y luego no les cobraron un gol válido, es un mentiroso. Por eso, Pizzi no tiene que entrar en el juego y molestarse con la prensa por las preguntas relacionadas a los errores, ya que la falta de finiquito y los mano a mano que salvó Bravo lo deben tener preocupado, pues una potencia no perdona.

El inconformismo nos ha llevado hasta donde estamos, soñando con no dormirnos en los laureles por los dos títulos continentales y pensando en una actuación histórica en Rusia 2018 como broche de oro para la Generación Dorada. Pero cada uno en su lugar, el entrenador cabeceándose para mejorar las fallas, los futbolistas manteniendo el hambre de gloria, los periodistas haciendo notar las equivocaciones y los fanáticos apoyando, aunque a ratos el show no sea para gaviota.

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