Hacerse viejo

Por Nicolás Copano
  • Comunicador multifacético, experto en marketing y redes sociales y emprendedor por naturaleza.

Es entretenido hacerse viejo. Hay gente que le desespera porque piensa que el tiempo los derrite y empiezan a pelearle al reloj y a consumir miles de pastillas para evitarlo. A mí me molestaba ser tan joven y equivocarme frente a todos tan seguido, por eso siempre quise tener 30 años. Me siento afortunado también: soy quien quiero ser. Eso es lo más difícil. Es casi un accidente adquirir seguridades que crees que jamás vas a tener. Pero es un proceso también: a mi yo de antes le hubiese aconsejado no asustarse. O bajar el radar frente a tantas emociones horribles que da la gente que se enfrenta por creer que está en una película llena de épica falsa y que cada movimiento que ejecuta es una estrategia estúpida.

Es entretenido envejecer porque como que el cuerpo se te acomoda y, en general, ya sabes cuáles son las expectativas de casi todos sobre ti: si fracasaste, a nadie le importa, y se te fue bien, ya te tratan mejor todos los que competían contigo y no lograron un cuarto. Entonces te acomodas y sólo haces cosas. En general los que competían empiezan a tener otras preocupaciones (familia, rehabilitaciones) y te empiezan a ver como alguien respetable porque “continuas en tu senda”, que antes era criticable, pero sólo por el hecho de seguir desarrollando algo ya eres un poco más libre.

Esto de crecer lo noté el otro día cuando estaba escuchando a The Weekend en el Lollapalooza. “Esto es autotune amor”, declaré como un anciano, molesto al ver al “novio de Selena Gomez” (¿de verdad ese es el mérito?) cuyo hit es la canción que tienen con Daft Punk (¡esos son de verdad!) y el volumen me parecía un poco mucho. Ahora, en todo caso, no es que me moleste que exista ese tipo de canciones como cuando era un adolescente (otra novedad de crecer: te parece una estupidez odiar por odiar), pero no lo escucharía ahí si no fuese por la felicidad de alguien que amo. Debe ser la misma sensación de los padres por Justin Bieber o por Violeta, o por los 4 millones de reproducciones de “Libre soy”.

Hacerse viejo es definirse también frente a cierta clase de conflicto, administrar la emoción, entender que hay peleas que no valen la pena, comprender que realmente hay cosas que no van a cambiar y por eso hay que concentrar la energía en otro lado.

Que de alguna forma hay clubes de terapia encubiertos como movimientos sociales o políticos. Que no necesitas muchas noticias si no es para reírse un rato. Crecer y envejecer es disfrutar más seguido de las cosas que pasan. Encontrar un sabor nuevo al café conversado. Tener ideas y poder llevarlas a cabo razonando todos los puntos también es como un superpoder. Dejar de concentrarse en qué van a pensar de uno porque realmente todos están pensando eso y pocos están pensando dentro de sí las cosas. Dejar de sufrir tanto por creer que eso va a cambiar alguna cosa. Hackear el destino es entender que muchas cosas vienen de la cabeza. Evitar la mala onda, el enojo, la torpeza. Es un arte, y es bonito descubrir el porqué vale la pena vivir y ejecutarlo con pasión. Es dejar de concentrarse en el ruido y pasar a escuchar la canción que cae en todos lados. Envejecer es sano, porque ser joven es una enfermedad que se pasa. Lo que sí hay que descubrir es cómo vivir en un mundo idiotizado, en un mundo de autoayuda que es la religión del individualismo, para poder incentivarse como un motor de rezos para seguir consumiendo y consumiéndose más en pos de una misión que no existe y que realmente a nadie le importará. Porque como dice un amigo, “muchacho, a nadie le interesa si no vas a la fiesta”. Y es cierto, porque hay demasiado encierro. Demasiada soledad.

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