Anti ping pong

Por Rodrigo Severín
  • Rodrigo Severín. Diletante

En una tarde de ocio jugabamos a la conversaciones absurdas, como siempre, con un querido amigo. El roce siempre enardecía los ánimos, pero un jovial espíritu deportivo le confería perspectiva al diálogo. La controversia giraba esta vez en torno a la razón de ser de los fundamentos para una sociedad sana.

¿Es la competencia neoliberal a rajatabla acaso la que nos conduce al progreso o bien la colaboración comunitaria, por contraparte? El interminable dilema socioeconómico entre competencia y solidaridad era la derivada que daba curso a nuestra partida, partida que nadie ganó, adelanto.

En los términos de la competencia, gana el que vence a otro. ¿Gana la sociedad toda? Es argūible, evidentemente. Ciertamente es más difícil rechazar la idea de que la colaboración en estado puro no beneficie indefectiblemente a la sociedad. Me pregunto si la libre competencia condiciona la libre colaboración. Me inclino a pensar que sí, porque el tiempo es limitado, y no da el cuero a tanta filantropía, cuando en la casa espera la cacerola hambrienta.

También me pregunto si acaso en el mundo real existe de verdad la “libre competencia”. Asímisimo, si por ventura es posible un mundo de colaboración forzada. Hemos visto los experimentos y sus consecuencias, y aunque el comunismo ha sido derrotado por el capital, no somos capaces de dilucidar conclusiones claras, pues el estado de situación de los acontecimientos lo percibimos como un inmenso mal… menor.

En la práctica, el neoliberalismo funciona como la ley de la selva; “el sueño americano” no es más que otra posmentira. Los peces gordos se coluden y devoran a los cardúmenes. Por otro lado, en un comunismo radical, los “vagos” sacan provecho del resto y por fuerza terminan por pervertir el progreso, porque en último término, nadie querrá esforzarse viendo que todo el resto anda de fiesta. Con el cerdo Napoleón de Orwell, la tajada se la lleva la plana mayor de la burocracia y el pueblo acaba mascando lauchas.

 

Pero la partida hay que jugarla sí o sí.

Decidimos entonces sacar paletas, pelotas y desplegar la mesa de ping pong para resolver el dilema de forma lúdica. Pero alteramos las reglas. El fin de la partida era evitar que el oponentes perdiera, a toda costa. Si era necesario arrastrarse al suelo para contestar un remate fallido del contrincante para que no perdiera el punto, se mordía el polvo. Éste, a su vez, debía corresponder con un gran y suave globito para darle tiempo al primero a ponerse de pie e impedir su derrota y salvar el punto de ambos.

Como se podrán imaginar, el partido parecía de infantes al comienzo, pero la misma dinámica del juego nos iba forzando progresivamente a dar lo mejor de sí por el otro.

Fue así que después de días de práctica, la dinámica anticompetitiva de partida forzada derivó sin esfuerzo alguno en el desarrollo de piruetas, estilos y grandes virtuosismos en cada uno de nosotros, amen de bellos espectáculos. No había chino que nos ganara (o que nos perdiera).

Todo por el bien de la partida.

Las opiniones expresadas aquí no son responsabilidad de Publimetro

 

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