Una inútil vocación por el sufrimiento

Por Nicolás Copano
  • Comunicador multifacético, experto en marketing y redes sociales y emprendedor por naturaleza.

Uno de los problemas del Chile moderno es pensar que por estar indignado y contribuir con una gota de histeria en el mar de la molestia algo va a cambiar de inmediato. Obviamente, esto nunca sucede, pero sí te interna en una estructura de placer y autosatisfacción que decanta en gente que se escucha a sí misma con mucha alegría y unas ganas tremendas de perder el tiempo.

En esa lógica de opiniones de autoconsumo (como pantallas de Narciso) viven columnistas que no ponen ideas nuevas en el escenario. Gente que básicamente cree que puede armar industria desde la descalificación y la violencia, con la fijación de ser poca cosa como bandera de lucha. También exponen ahí tuiteros con formación que están súper enojados con no ganar el mismo dinero que el otro, pero no lo van a decir porque no les alcanza para el terapeuta y por supuesto los que creen que odiar está bueno.

Hay que ser honesto: el odio es un arma sobrevalorada. El odio siempre es lo más fácil. La descalificación, siendo que tú no te evalúas, siempre habilita que quedes bien contigo mismo. El desprecio como motor de un falso debate.

Hay personas que han vuelto esto una industria y peor aún, visten de causa sus propios traumas, cuando en realidad se sienten disminuidos. Y quieren inventarte para marear unas conversaciones donde sólo hablan consigo mismo.

Desde esta decadencia, tenemos que ser críticos con ellos e invitarlos no sólo a mejorar, sino a buscar algo mejor que la estúpida vocación por el sufrimiento, que acarrean desde sus épocas colegiales. En esto, por supuesto, encabezan todos los que asistieron a insoportables y eternas liturgias donde a los jóvenes los hicieron sentir culpables de cosas históricas que no se sabe si pasaron. Desde ahí, nuestro progresismo está cargado de culpa. Y sus privilegios (económicos e intelectuales) en vez de estar enfocados en la acción, están permanentemente llenos de disculpas.

La vocación por el sufrimiento no sirve de nada. La celebración de ser víctima no ayuda a que en el futuro no haya víctimas. La espectacularización del testimonio gris no llena de color, más bien, atrasa 20 años. Lo que hay que tratar de empujar, pienso, en el cambio, es un mundo mejor que el que tenemos, sin olvidar el anterior, no hay duda, pero tratando de no empantanarse en un loop de ideas que siempre termina con ese honestismo triste, que es básicamente transformar todo error sistemático en anécdota sin mirar el problema estructural que muchas veces hay que cambiar.

Y para eso se demanda algo mal visto en este Chile: trabajo. Dotar de horas reales a ideas, sacrificios de no estar mareando en reuniones infértiles, fin al asambleísmo.

Ningún cambio viene de una lógica donde nadie se hace responsable.

Por eso, todo el tiempo creo que hay que empezar a tratar de mutar la estabilidad de los discursos y los conceptos, empujar otras cosas, otros mundos. Transgredir desde lo amable y la propuesta parece ser hoy mejor que el ejercicio de siempre.

Las opiniones expresadas aquí no son responsabilidad de Publimetro

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