Perder el tiempo

Por Rodrigo Severín
  • Diletante

Es una contradicción en los términos. Entre otras razones, porque el tiempo no se crea ni se destruye, tal y como lo percibimos. Quizás hubo una creación, un big bang, pero ése no es el punto. Al menos no el punto de partida para estas vagas ideas, pues el tiempo “está dado”, constituye una dimensión que nos fija unos límites claros desde que sabemos que tenemos los días contados.

Ahora que mis momentos me llevan desorientado hacia la próxima estación, el próximo puerto o estadio, me replanteo el sentido de este viaje. ¿Será un corto episodio enfocado a la prosecución de utilidades? ¿Será uno largo? ¿Voy concientemente persiguiendo un ocio infructífero? Más aún:

 

¿Se puede calibrar la utilidad del ocio, si acaso la tiene?

Proust, por ejemplo, enfrentó estos dilemas, imagino, cuando le llegó la hora de escribir su ilustrísimo “En busca del tiempo perdido”, en sus últimos años, luego de haber vivido una vida disipada. La sola factura del la obra maestra contradice la absurda acción que nos sugiere su título, la de buscar en los meandros de la nada los frágiles objetos de la conciencia y el inconciente en los que se aventura la saga.

Los artistas y los filósofos, en general, deben reestablecer mediante sus creaciones el desajuste que hay para las distintas calidades del uso que se da al tiempo. Corren el riesgo de quedarse entrampados en la nebulosa de éste, que viene a ser el espacio propio y la fuente de su creación, sin traer de vuelta al mundo la infinitud de ese presente que hubiesen podido cosechar y transfigurar en cuerpo estético.

Este riesgo es por lo demás inevitable, porque es inherente al tiempo de ocio. El artista se construye desde allí; llega a ser el que es allí. Y quien no, es cualquier cosa menos artista.

El ocio ha sido banalizado e irracionalmente negado en esta carrera cada vez más vertiginosa por la que transitamos. Y sin embargo, hombre y artista narran su existir asentados desde el vacío que el ocio les concede.

El tiempo se va, más no se pierde; siempre se recupera, pues las acciones, por minúsculas que parezcan, por invisibles que se nos aparezcan, son el tejido sutil que da sentido al curso vital y al orden universal. La recuperación proactiva que oficia el artista es una recuperación de segundo orden, ya que todo acto o pensamiento está de antemano redimido por la recuperación pasiva que opera infaliblemente en todo viaje, cuando la existencia es todo y lo único que realmente está en juego.

Cuando dejamos este mundo, sólo queda en nuestros compañeros de viaje una idea de quienes fuimos, una reserva en la memoria personal y en la colectiva. Este “dejo” dura una generación o dos hasta nuestros hijos, o tres hasta nuestros nietos, etcétera. Y así, con el paso de las generaciones, ese recuerdo se va atenuando para difuminarse en la nada. Las pequeñas o grandes odiseas que protagonizamos quedan a resguardo en el lugar sin tiempo e informe que los griegos llamaban Ínferos. Los héroes perviven más o menos, pero el pozo negro del tiempo, el cosmos de Chronos, se los devora.

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