La buena educación

Por Tomás Scherz
  • Vicario para la Educación

La publicación de los resultados del Simce, a pesar de modestos avances que no sabemos aún si marcan tendencia, vuelven a confirmarnos brechas, cifras y desafíos pendientes. De fondo, la pregunta recurrente que agita los ánimos sigue siendo aquella que inquiere sobre la educación que soñamos. Y sabemos que esta pregunta no podrá ser atendida si antes no logramos acuerdos respecto del tipo de sociedad que necesitamos construir y del tipo de persona que queremos formar.

En la búsqueda de este horizonte compartido, se devela una gran tensión de la cual debemos hacernos cargo si de verdad queremos construir un sistema educativo de calidad.

¿Una buena educación se da sólo por la elocuencia de los indicadores o convenimos que hay otros factores no medibles tan o más importantes que los puntajes?

Es relevante hacer esta reflexión por dos motivos: primero porque ahora se está trabajando en las nuevas bases curriculares para 3º y 4º medio, cuya consulta pública fue en marzo -proceso que además abre la puerta a nuevas modificaciones determinando así toda la trayectoria escolar-. Y segundo, porque creemos que cualquier medición (o definición) de la calidad educativa no puede hacerse de espaldas a lo que la misma LGE declara sobre la integralidad de saberes y competencias (art. 2).

En este sentido, podemos advertir que todos los ámbitos declarados en la ley poseen una definición curricular en la nueva propuesta, menos el área de la espiritualidad. Si la espiritualidad es un ámbito gravitante de la formación de las personas y los pueblos, es clave que el Estado comprenda que la escuela deba tener un espacio curricular para esta dimensión del desarrollo humano y social.

Dicho de otro modo, los estudiantes no podrán comprender el desarrollo de las sociedades sin aquel sustrato religioso que ha determinado su visión de mundo y convivencia. Y no se trata de hacer pasar a los estudiantes por un elenco de credos extendidos por todo el globo ni por programas de adoctrinamiento, sino por procesos de estudio que ayuden a comprender el valor de lo religioso (al menos desde las confesionalidades con las que ha vivido la república) como factor de cohesión, ciudadanía y trascendencia honrando la integralidad como eje de una buena educación, en un ambiente de verdadera laicidad dentro de la experiencia escolar.

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