El vértigo de ser un pendejo

Por Nicolás Copano
  • Comunicador multifacético, experto en marketing y redes sociales y emprendedor por naturaleza.

Nunca iría a Vértigo de Canal 13. Me lo han ofrecido en mi condición de figura pública. Respeto muchísimo a la gente que trabaja ahí y es indudable que Daniel Alcaíno tiene los mejores monólogos acerca de nuestra sociedad disponibles hoy en la TV abierta. Pero no iría, básicamente porque soy enemigo del concepto del “pago por humillar”. Lo encuentro grotesco. Y Yerko Puchento es la expresión de ese perfecto grotesco, sin cortes, en una sociedad ídem.

Hay que tener clara una cosa. Lo grotesco da mucho rédito en una sociedad infantil. Hoy lo grotesco gana elecciones. Donald Trump es su expresión a escala global. Desde hace una década, la tendencia Kidult se ha ido tomando el mundo. Los niños no crecen, y van vestidos en polera a las oficinas donde antes usaban trajes. En vez de artesanía, en nuestras casas tenemos juguetes. Y muchas veces nuestros políticos operan de esa manera: Sebastián Piñera en Antofagasta declaró sobre la inmigración que “no soy un xenófobo, pero sí creo que hay que tener sentido común, no tengo por qué aceptar a cualquier persona que quiera venir a Chile”.

Por eso, tres preguntas: ¿quién define el sentido común? ¿no suena como un capricho decir que no quiere aceptar a cualquiera? y finalmente ¿dónde están los motivos para argumentar eso?

Estamos entrampados en una sociedad donde todo se hace “porque se me canta”. Y nuestros dirigentes están en ese modo. La gente espera que sus dirigentes sean mejores que ellos, en especial en países desiguales. Es a tal punto, que la comisión de Patrimonio del Partido Socialista en su carta respondiendo al escándalo moral acerca del virtual conflicto presentado por AhoraNoticias, sale con una pachotada antológica: “El PS fue el partido político en Chile que con su gestión patrimonial pudo alcanzar lo que otros menos rigurosos no logran: decir a ricos y poderosos del mundo lo que está en el sueño de todo jugador de Lotería: ¡chao jefe!”.

¡Que frase más desafortunada! De partida reduce la política a un juego de azar. Pero también darse el gusto de mandar al carajo al jefe y verlo como un valor positivo es ridículamente infantil. De partida porque no todo el mundo puede hacerlo, el que puede, puede. Y ese no cuestionamiento al poder hacer que es el poder, es más parecido a una actividad de jardín infantil que a la razón, al criterio y al pensar.

Por eso, Cecilia Pérez está equivocada en su planteamiento. Se lo digo como un convencido en la causa feminista, rostro de iniciativas vinculadas a ésta y persona que también está expuesta en su calidad de figura pública a la que, por lo bajo, tal como a ella, le dicen feo. Partiendo porque para mi mamá soy muy bonito. Por tanto está frente a una subjetividad que no amerita usar abogados para suspender canales de televisión por una semana o demandar por casi un millón de dólares a un actor cómico. No soy del club de los que se ríen de las cosas que el otro no puede cambiar. El chiste de “Monga” me parece débil en comparación a otros de Daniel Alcaíno y su guionista Jorge López. Pero es preocupante que, disfrazado de “un precedente para que no se ofenda por sus cualidades físicas a otras personas”, se esté creando una cultura donde los caprichos de infantes sean una cualidad socialmente aceptada.

Desde este punto de vista, no parece un argumento válido que su hija de once años le haya aconsejado tomar medidas con un “mamá, defiéndete”, como declaró Cecilia Pérez en Primer Plano.

Repito: su asesora tiene 11 años.

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