Frente Amplio: los mismos viejos miedos

Por Nicolás Copano
  • Comunicador multifacético, experto en marketing y redes sociales y emprendedor por naturaleza.

En política la sobrerreacción devela miedo. Históricamente estábamos acostumbrados a una lógica de diálogo binominal: derecha e izquierda. Lo que estaba en los márgenes no estaba incluido en las formas oficiales.

Rescatando parte del deseo de esos grupos excluidos y de una generación de dirigentes nuevos, el Frente Amplio ha comenzado a hacerse un camino de referencia. Para eso, los medios no estaban, para variar, preparados y mucho menos los políticos tradicionales.

Existe una elite laguista que desprecia la actitud del FA, olvidando claro, su propio pasado. ¿No es propio de un grupo que intenta cambiar algo cierto mesianismo? El mismo ex Presidente Ricardo Lagos sostuvo que “ellos actúan creyendo tener una superioridad moral sobre el resto” y el problema más grande para esa generación, es que es muy probable que la tengan. “Muchos de ellos son bien socialdemócratas, pero su estilo los lleva a jugar esa imagen de pureza”, sostuvo el diplomático socialista Juan Gabriel Valdés. Y es que son más puros. Son más nuevos. Pero hay una virtud: con el peso de la ingenuidad y el deseo han llegado más lejos que otros intentos.

Es evidente que tienen menos archivo que condena y por tanto más cancha para correr los límites del debate.

Patricio Fernández, director del The Clinic, escribió una editorial donde asegura que “abundan los que desprecian el mal menor porque se creen dueños del bien mejor”. Y es que pueden aspirar a eso. Son cinta virgen.

De algún modo la actitud que separa al Frente Amplio del posconcertacionismo, en todo caso no es una disputa ideológica en sí, sino más bien de cómo se ejerce el poder.

Y ahí sí está el gran problema del Frente Amplio. El problema es el tiempo, el precio (para ellos y los demás) y la evidencia de estar aprendiendo. Mientras esto sea un proceso en privado, ganan. Las ganas de volver su situación una novela (como la de todos los partidos) es carne de cañón para el cuarto grupo en disputa: el Partido Periodista, que necesita clicks para financiarse y que usted ponga en los comentarios “oye son todos iguales”. O digas mientras escuchas la radio “éste tiene razón”.

Un solo ejemplo: Karina Oliva, presidenta del partido Poder Ciudadano, graba un video. Se levanta la noticia y lo comparten 3.000 personas. En su texto, leído en pantalla respondiendo a Sebastián Piñera (quien calificó al Frente Amplio de “extremista”) declara “en el gobierno del Frente Amplio los corruptos y estafadores como él (por Piñera) estarán en la cárcel”.

Por muchísimo menos, a Jaime Quintana lo han tenido en un loop mediático durante cuatro años por la frase de la retroexcavadora. La derecha en ese sentido es de una astucia extraordinaria: juega al aikido de la palabra. Por eso, lo de Karina, es el gran problema que el Frente Amplio puede enfrentar. El viejo gusto por el autoboicot de la izquierda puede reaparecer en forma de estados de Facebook en esta pasada. Todo por desconocimiento. Lo que es al final, es no entender la política donde no sólo vives con los que estás de acuerdo, como quizá te hace creer Facebook. El debate después es como el FA asume los costos de las transacciones inminentes. Supongamos que Beatriz Sánchez termina siendo la Presidenta en 2017: ¿Cuán amables están dispuestos a ser? ¿Cómo negociarán con gente más de derecha? ¿Cómo tratarán al concertacionismo remanente?

A ambos lados, les queda una discusión pendiente: que los postconcertacionistas expliquen los (pocos, muchos) intransables que tuvieron en su momento y que los frenteamplisitas expliquen los (muchos, pocos) insalvables que tendrán cuando lleguen al poder algún día.

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