Gobernar es educar

  • Profesora

En su libro “El largo camino a la libertad”, Nelson Mandela dice: “La educación es el gran motor del desarrollo personal. Es a través de la educación como la hija de un campesino puede convertirse en doctora, el hijo de un minero puede convertirse en el jefe de la mina, o el hijo de trabajadores agrícolas puede llegar a ser presidente de una gran nación”. Sin duda, sus palabras reflejan una convicción que también comparten miles de familias chilenas que diariamente se esfuerzan por entregarles a sus hijos la mejor educación que está a su alcance, para que desarrollen al máximo sus talentos y se realicen plenamente como personas.

Mejorar la educación de nuestros niños y jóvenes, y las competencias y habilidades de los adultos, no sólo se traduce en beneficios individuales como mayores y mejores oportunidades de empleo, sino también en beneficios colectivos, tanto de naturaleza económica, como incrementos en la productividad laboral; como de carácter social, como son un mayor nivel de confianza interpersonal y ante las instituciones. Es decir, el bienestar de las personas y de los países depende cada día más del aprendizaje de nuevos conocimientos, habilidades y destrezas.

Lamentablemente, ésta es una materia donde Chile está muy al debe. En efecto, a mediados de 2016 conocimos los resultados de un estudio que realiza la Ocde desde 1998 y que mide la comprensión de lectura y el razonamiento matemático de los adultos chilenos. Las cifras nos muestran un panorama desolador: sólo el 2% logró situarse en el mejor nivel de desempeño, mientras que más de la mitad se ubicó en el nivel de desempeño más bajo. Esto significa que la mayoría sólo puede leer textos breves y sencillos, y realizar procesos matemáticos simples, como contar dinero.

Qué bueno sería para Chile y para el alicaído prestigio de sus políticos debatir con seriedad y altura sobre cómo podemos revertir esta dramática realidad, en lugar de preocuparse de discusiones estériles. Qué bien les haría a Chile y a sus instituciones reflexionar y dialogar sobre cómo podemos avanzar juntos y más vigorosamente hacia el desarrollo, cómo podemos estimular la innovación y mejorar las oportunidades de trabajo para los chilenos en vez de mirar los problemas y necesidades del país desde la perspectiva de una ideología. Qué bien les haría a Chile y a nuestra convivencia que nos enfocáramos más en los desafíos que tenemos en común que en las diferencias que nos dividen.

Chile debe tomarse muy en serio la necesidad de fortalecer su capital humano, porque la crisis de confianza que atraviesa nuestro país y que afecta especialmente a las instituciones públicas y privadas es un poderoso aliado del populismo, fenómeno que se nutre precisamente de la debilidad institucional, de la indiferencia por el destino del país y del discurso hegemónico de nuestros días que antepone la igualdad uniformadora a la igualdad de oportunidades y que desprecia la justa recompensa al mérito y al esfuerzo de las personas.

Estos meses previos a las elecciones representan una gran oportunidad para que los candidatos a la Presidencia y al Parlamento vean la realidad del país tal como es, no como ellos creen que es según su doctrina. Los chilenos merecen que quienes aspiran a ejercer liderazgos públicos presenten programas concretos – y no más consignas de la calle- sobre cómo piensan mejorar la calidad de la educación de los chilenos desde la etapa preescolar hasta la enseñanza superior, incluyendo también a los trabajadores en las empresas, porque hoy Chile necesita que en el Congreso y en La Moneda se den cuenta, de verdad, que gobernar es educar.

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