Quédate en la casa

Por Nicolás Copano
  • Comunicador multifacético, experto en marketing y redes sociales y emprendedor por naturaleza.

El 2016 en las librerías estadounidenses lo más vendido eran los textos sobre el orden. La organización de casas como estilo de vida, con el mantra de Marie Kondo como insignia, plantea dejar las cosas que no despiertan tus sentimientos (dígase deshacerse del pijama viejo o de los libros que no te emocionan) a cambio de una cultura de limpieza.

Este año lo frugal da paso al hygge. Un estilo danés que define una lectura de lo “acogedor” como lugar para la felicidad. Los escandinavos, acostumbrados a un frío del terror (como los últimos días en Santiago) ahora plantean una filosofía donde sentarse a tomar chocolate y vivir más feliz frente a usar muchas capas de ropa (volverse una especie de almohada humana) es salida. Por supuesto, es una lectura del “quédate en casa” bastante cómoda para quienes viven pagando 60% de su sueldo en impuestos. El resto del mundo, tiene que salir a trabajar. Pero bueno, cada uno con su búsqueda propia y concepto de “libertades”.

Frente a lo que parece una guerra mundial de civilizaciones, con ataques en lugares públicos (incluyendo conciertos) contra familias, el hygge se impone. Nuestra interpretación es muchísimo más cínica: hacemos en nuestra cultura selfie un hashtag (#hygge tiene más de 2 millones de usos en Instagram) para exhibirnos como seres perfectos e ideales. Y qué decir que, en realidad, tratar de encerrarse en medio de la locura político religiosa, con los retornos de la guerra fría en los titulares, no deja de ser una alternativa inteligente.

¿El cinismo es la salvación? Dejar de preocuparse tanto de salvar al mundo, para salvarse uno mismo más que una fantasía de Milton Friedman parece necesidad. ¿Realmente es clave definirse en todo? ¿Tenemos que volver micromilitancia lo privado? Es quizá más exigente vivir en el siglo 21, sin partido, que en el 20 con uno: por lo menos la tenías clara. Ahora que estamos abandonados en un mundo sin ideas, donde la conversación extrañamente escala al ¿de qué lado estás?, donde todo parece una grieta exigente de pruebas.

¿Dónde están los lugares para disfrutar hoy en día que sean cómodos? Eso es lo que nunca nos enseñan. Mucho menos en la universidad, donde el antro más feo y más barato es donde nos podemos ir a reunir con el presupuesto. Y cuando somos adultos, la cultura del restorán es como un concurso de Masterchef: todo está sujeto a un test.

Evaluación como, por ejemplo, nos hacen en Uber cuando somos clientes. Evaluación a la que nos somete ese otro en Facebook y Twitter con nuestra opinión, como si sirviera de algo.

La mezcla entre el hygge, el nesting (quedarse en la casa) y la big data personalizada, es quizá desprenderse de tanta estrella y evaluación secreta. Tal vez no nos salva. Nos vuelve más individualistas, pero por lo menos nos hace sentir, a veces, que el cinismo es una salida válida. Por desgracia, cuando, en especial, todo se vuelve una prueba de la blancura, un poquito falsa porque, sin duda, nadie es perfecto.

Las opiniones expresadas aquí no son responsabilidad de Publimetro

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