Pesadilla electoral

  • Comunicador multifacético, experto en marketing y redes sociales y emprendedor por naturaleza.

El otro día tuve un sueño. Se mezclaba todo como un remix enorme e incontrolable de una realidad distorsionada. A esta altura no sé si estaba soñando. Quiero dejar testimonio.

Soñé que Guillier recibía a MEO como el hijo pródigo. Soñé que la Democracia Cristiana no volvía a la Nueva Mayoría y hacía alianza con RN y la UDI, pero nadie pescaba mucho. Cuando en el sueño entraba en la oficina de Jorge Burgos había muchas teles con un loop de “la alegría ya viene” en VHS. Cuando salía de la sala todo era gris. Todos los días parecían los 90. Cuando prendía la radio sonaba “Sólo buscamos una oportunidad”.

La DC de mi sueño era como el Partido Radical hasta antes de que por chiripa le diesen bola a Alejandro Guillier. Algo así vi. Soñé que Parisi se reconvertía como animador de despedidas de soltero. Así, soltaba ser la fantasía de evangélicos y conservadores, de los que se hacen llamar “la gran familia militar”, que se unían a la campaña de Ossandón. Ossandón tomaba el micrófono en la Alameda y furioso llamaba a “hacer grande el fundo de nuevo”. Y ahí, sin verguenza, llamaba a que votaran por él todos los que no saben nada, que es mucha gente. En ese instante vi una fila de personas con libros bajo el brazo llamando a independizar Providencia y Ñuñoa. Lanzaban iPhones contra un guanaco.

Mientras soñaba todo esto, de pronto se me aparecía Arturo Frei Bolívar vestido de harapos, furioso porque la franja electoral del Frente Amplio era mejor que la suya. Soñé que Kast hacía un retiro espiritual en Plaza Vespucio, donde los hombres pobres vestidos como chicos ricos gracias al milagro de H&M le enseñaban la vida real, tres cuotas precio contado, sin pie, sin intereses. Kast se reconvertía así en mi sueño en una suerte de rapero rubio como Eminem.

Soñé que Piñera tenía una bóveda como la del Tío Rico en las patoaventuras y nadaba en monedas. Soñé que Mayol miraba el cuadro a lo lejos y le trataba de explicar un plan para tomarse la bóveda rodeado de gente vestida como los Village People. Cuando les preguntaba “¿pueden hacer la coreografía de Ymca?” aparecían unos policías que me pegaban porque había sido políticamente incorrecto. “¿Tiene su permiso de Twitter al día?” me preguntaban. Y todos mis amigos me dejaban de hablar. Y yo gritaba “oye, pero si me gustan los Village People” y me decían “no son los Village People, es una reunión de Populosaurio”. Y yo no sabía. Les juro que no los quería herir. Sólo no sabía. Después abría una puerta y vi que Beatriz Sánchez presentaba un programa infantil donde leía cuentos a niños con máscaras. Y que Mariana Aylwin, envidiosa, decidía hacer lo mismo, pero nadie miraba. El productor del envío era Gutenberg Martínez.

Soñé que pasaban los años y la elección del 2022 era entre Andrónico Luksic, Guido Girardi y Giorgio Jackson. Carola Canelo era panelista de Intrusos. Soñé que en ese futuro había pantallas en todos lados y unos megáfonos. Votábamos por likes. El servel era Google.

Nadie se atrevía a gritar.

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