La utopía democrática en el rock

Por Sebastián Cerda
  • Sebastián Cerda. Comentarista de música, panelista de TV

Es una frase que políticos y politólogos cada tanto sacan del sombrero: la democracia está lejos de ser un sistema perfecto, pero hasta ahora no se ha inventado algo mejor. Sin embargo, eso que parece ser una máxima indiscutible al hablar de Estado y gobierno, está lejos de ocupar el mismo lugar cuando el objeto en cuestión son bandas de rock.

Si bien hay excepciones que confirman la regla (como Café Tacvba), lo habitual es que en ellas el peso de las decisiones recaiga sólo sobre un par de hombros, tanto en lo creativo como en lo estratégico. El resto de los integrantes, en tanto, debe adaptarse o acatar.

Es más, cuando por presión de estos últimos o reblandecimiento del líder ese orden se altera, muchas veces el resultado suele ser perjudicial para el conjunto y la obra, sin posibilidad de disimularlo. Pasó con Los Prisioneros, por ejemplo, que en “La Cultura de la basura” (1987) imprimieron la que tal vez sea la peor canción de su historia (“El vals”), precio a pagar con tal de que figuraran las firmas de Narea y Tapia en los créditos.

Para el siguiente disco, en cambio, el monopolio de las composiciones volvió a recaer en Jorge González, mientras que Miguel Tapia (Claudio Narea ya no estaba) ni siquiera viajó a participar de las grabaciones en Estados Unidos. Lo que pasó después con “Corazones” ya es historia conocida.

Lucybell tiene un capítulo similar: quizás tres de sus creaciones más bajas son las que se permitió firmar e interpretar en “Lúmina” (2004) al ex baterista Francisco González, probablemente en aras de la convivencia y la contención de conflictos. Sin embargo, no sirvió de mucho: al año siguiente, el músico de todos modos decidió su salida.

El documental “Los Bunkers” deja en claro que en esa agrupación también se vivía algo parecido: allí se ve al vocalista Álvaro López con el anhelo de incluir sus composiciones en el repertorio, pero encontrando siempre el freno en los hermanos Durán, a la postre responsables de resguardar el sonido de los penquistas. Por lo mismo, no es difícil imaginar que las correctas piezas del cantante que sí llegaron a discos (“El tiempo que se va” y “No!”, entre otras), contaron con el beneplácito de la dupla protagónica, tras asegurarse de que allí habría un aporte y no sólo buena onda.

Y lo de La Ley es más radical aún. “Les planteé que quería que asumieran el liderazgo, que no iba a ser una dictadura, pero que la decisión final la tenía yo, y si ellos aceptaban esas condiciones, yo volvía”, ha dicho Beto Cuevas sobre la crisis que terminó con el grupo convertido en trío a partir de 1998. Justo después de eso, vivieron su edad de oro internacional.

A todos esos incidentes recuerda ahora lo vivido por We Are The Grand: dos integrantes se alejan, y uno de ellos reclama cierto autoritarismo por parte del cantante, partiendo por el manejo del nombre. Este último, en tanto, da a entender que el líder y compositor principal siempre fue él. Quién sabe cómo termine esta historia, pero el bichito de la real conveniencia de los equilibrios parece andar dando vueltas también por aquí. Al final, es más o menos claro que poner a cuatro o cinco tipos en exacta igualdad de condiciones, pretendiendo que su relevancia es siempre la misma, es algo que suele terminar mal. Muchos grupos humanos necesitan líderes, alguien que ordene el caos y vigile las directrices. Y los de rock no acostumbran a ser la excepción.

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