Biobío

Por Felipe Espinosa
  • Cocinero en trance. Twitter: @Psyfat

En cierta medida nuestra división política llamada “regiones” presenta límites enogastronómicos significativos, inherentes, no impuestos por supuesto, con la ayuda de la cuenca de un gran río o de un imperante valle transversal. Las tonalidades del comer se van asociando a su propia geografía, sin o con querer, ésa es la cuestión.

Del cielo al infierno se puede viajar en lo extenso de nuestro país usando la analogía como un parámetro amplio y diverso. Desde la generosidad de nuestra tierra emergen lugares que al ser explotados de buena manera dan una bofetada bien fuerte para despertar y observar lo maravilloso de la montaña como en los Nevados de Chillán.

La nieve siempre atrae a la gente, fue cosa de ver la expectación de los capitalinos ante la última nevazón, por lo demás esporádica. Se deben de reír de nosotros los magallánicos. Por cierto, al tener ellos como premisa más días de nieve que con sol, esa es una referencia a lo heterogéneo del clima que gozamos.

Volvamos a la nieve, no es para pocos, sino para muchos, ricos y pobres, viejos y jóvenes, que el viento blanco y su nieve polvo es el escenario más esperado por miles de seguidores que disfrutan de la montaña. Sea sobre una tabla o un trineo, en una terma o escalando, la nieve lo transforma todo, tu forma de andar, de vestir, de respirar, tu forma de conducir y, por supuesto, también influye en lo que queremos comer.

Chillán goza de buena salud en su cocina típica en la que tienen arraigado al chancho como estandarte. Y como dicen por ahí, del gordo animal no se desperdicia nada, le comemos de la cabeza a la cola. La capital de la provincia del Ñuble tiene a uno de mis favoritos en el mundo del buen comer: la fábrica de cecinas Villablanca, el máximo exponente en lo que ha tradición local gastronómica se refiere.

Vamos por partes. La indiscutible supremacía de su longaniza ahumada, que, por mencionar, posee el récord Guinness a la más larga del mundo. Una aventajada escolta de fiambres que tienen aún ese encanto de manufactura artesanal, mortadela, salchichón y queso de cabeza son mundiales, pero para disfrutar del género hay que probar el jamón planchado y en láminas gruesas, a la antigua, como dice mi viejo.

La charcutería se eleva con salames, chorizos y jamón crudo, la vitrina exhibe diversos cortes de chancho ahumados y cocidos. Se pasean el pernil, el costillar y el lomo, corren con ventaja las chuletas de centro y vetadas. Hay una treintena de productos a la vista que hasta un cajón de pan tienen para tentarse y salir comiendo, disfrutando, sonriendo.

Siempre es bueno detenerse en Villablanca, de ida o de vuelta. En cualquiera de sus cuatro sucursales, es el paraíso del porcino.

Coordenadas: Cecinas Villablanca, Av. Collín 973, Chillán. Teléfono +56 422423690.

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