Afganistán y sus mil generales

Por Raúl Sohr
  • Analista internacional

“Afganistán es una pérdida total. Es hora de volver a casa”, tuiteó Donald Trump en 2012. Esta semana, instalado en la Casa Blanca, viró en 180 grados y anunció el despacho de más tropas para continuar la guerra que Estados Unidos inició hace 16 años, y que ya es la más larga de su historia. No precisó la cantidad de efectivos, pero se estima que podrían ser unos cuatro mil que reforzarán a los ocho mil que combaten en el país asiático. En todo caso prometió: “Nosotros no vamos a construir la nación nuevamente… vamos a matar terroristas”. Concluyó su mensaje prometiendo la victoria que les ha resultado tan elusiva. Pero no aclaró qué tendría que ocurrir para proclamar que había vencido.

Kabul y Washington enfrentan la poderosa insurgencia de los talibanes que ha cobrado la vida de unos dos mil estadounidenses. Pero quizá un enemigo tan peligroso como los fundamentalistas islámicos es la incapacidad y corrupción del gobierno afgano. Esto no es nuevo. En las semanas que precedieron la invasión a Afganistán, el 2001, unidades norteamericanas y británicas se infiltraron en el país con la misión de explotar las divisiones de un país fragmentado en clanes dominados por atávicos odios tribales y étnicos. El arma era el dinero para comprar lealtades. Seguían la vieja enseñanza del presidente mexicano Álvaro Obregón (1920-1924) que afirmaba: “Yo no conozco a ningún general que aguante un cañonazo de 50.000 pesos”. En el caso de los líderes afganos, los cañonazos ascendían en promedio los 200 mil dólares. Esto era lo que exigían a los caudillos para que junto a sus seguidores cambiaran de bando y abandonaran el régimen talibán.

La invasión de las fuerzas occidentales en nada cambió la corrupción generalizada. Una demostración es el hecho de que el país cuenta con mil generales de ejército bien remunerados, además de sus respectivos guardaespaldas, una importante señal de estatus. Los grados de coronel y general son comprados a buen precio sin que los que ostentan los galones tengan calificación alguna. Algunos no superan los 30 años. Estados Unidos cuenta con 886 generales y Chile con 49.

La estrategia militar de Trump postula metas pero no plazos. La intención es desmoralizar a los talibanes al no señalar una fecha de salida del país. Es necesario tener en cuenta que los afganos derrotaron en su tiempo a los británicos y más tarde a los soviéticos. Nadie ha logrado someterlos durante mucho tiempo. Cuando no han luchado contra extranjeros lo hacen entre ellos y a lo largo de décadas. Así que lo más probable es que sean los invasores de turno los que terminen por abandonar las inhóspitas alturas altiplánicas.

Una opción considerada por Trump, a sugerencia del ex asesor estratégico Steve Bannon, fue el despacho de tropas mercenarias encuadradas por empresas privadas. Así el Estado se libraría hasta cierto punto de la presión política que ocasionan las bajas. Esta posibilidad fue desechada por los generales presentes en la Casa Blanca así como por el Pentágono. Un líder talibán, a su vez, declaró estar dispuesto a combatir por los próximos 16 años.

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