No perder la esperanza

Por Hugo Tagle
  • Capellán UC. Twitter: @hugotagle

El papa Francisco invitó en estos días a cultivar la esperanza. Abunda una suerte de melancolía que enferma el alma y con ello el ambiente en el que nos movemos, el trabajo y la casa. La tristeza, la desesperanza, no es propia del ser humano. Si nos levantamos cada mañana, es porque esperamos algo de la vida. Ese pequeño "plus", esa luz al final del día, es la que alienta nuestra jornada, alivia la carga e inyecta energías y vitalidad a nuestra existencia. La fe regala un elemento extra, que es la certeza de que al final de todo evento, trabajo, alegría o tristeza, se encuentra el Dios creador y padre bueno. Eso ayuda a contemplar la vida como un gran y maravilloso don, a darle sentido a todo lo bueno que realizamos y a sacar lecciones positivas de los desaciertos o errores.

El papa Francisco, citando a un poeta francés, Charles Péguy, nos dice que "Dios no se maravilla tanto por la fe de los seres humanos, y mucho menos por su caridad; sino lo que verdaderamente lo llena de maravilla y emoción es la esperanza de la gente. “Que esos pobres hijos –escribe– vean cómo van las cosas y que crean que irá mejor mañana”. La imagen del poeta, nos dice el Papa, "evoca los rostros de tanta gente que ha transitado por este mundo –campesinos, pobres obreros, emigrantes en busca de un futuro mejor– que han luchado tenazmente no obstante la amargura de un hoy difícil, lleno de tantas pruebas, animado por la confianza de que los hijos habrían tenido una vida más justa y más serena. Luchaban por sus hijos, luchaban en la esperanza".

Redescubramos siempre de nuevo el "porqué" de nuestra existencia. Nadie está en la tierra por acaso o un hecho fortuito. Si estamos aquí, es porque Dios lo quiso desde siempre y nos ama como si fuésemos únicos. Nadie sobra. El más insignificante de los hombres tiene un valor infinito. De ahí el respeto sagrado a la dignidad de toda persona, desde su concepción hasta su ocaso natural.

Dios nos ha creado para la alegría y para la felicidad, y no para complacernos en pensamientos melancólicos. No se torture con rencores, rabias o intrigas. Es por esto, dice el papa Francisco, "que es importante cuidar el propio corazón, oponiéndonos a las tentaciones de infelicidad, que no provienen de Dios. Y allí donde nuestras fuerzas parecieran débiles y la batalla contra la angustia particularmente dura, podemos siempre recurrir al nombre de Jesús". Quien reza, no está nunca solo. Y si se reza en comunidad, en familia, tanto mejor.

No estamos solos al combatir contra la desesperación. En lenguaje cristiano, si Jesús venció a la muerte, es capaz de vencer en nosotros todo lo que se opone al bien. Si Dios está con nosotros, nadie nos robará esa virtud de la cual tenemos absolutamente necesidad para vivir. Nadie nos robará la esperanza.

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