El reto catalán

Por Raúl Sohr
  • Analista internacional

España salió maltrecha tras el referéndum autonomista catalán del domingo. El debate que antecedió la consulta, declarada ilegal por el gobierno y tribunales españoles, debió versar sobre los pros y contras de la propuesta independentista. Madrid pudo haber tomado una postura distante, permitiendo que los catalanes expresasen su voluntad, sin amarrarse a los resultados. Varios sondeos de opinión anticipaban una mayoría contraria al separatismo.

El gobierno español decidió, en cambio, impedir físicamente la consulta. Lo hizo con una notable falta de tino político. Comenzó por el despacho de fuerzas policiales equipadas para confrontar a una muchedumbre dispuesta al choque, como se suele observar en las grandes cumbres del G-20 o el Banco Mundial. Pese al despliegue de fuerza, en que abundaron imágenes de violencia innecesaria y abusiva, de todas formas votaron más de dos millones de personas.

El gobierno del presidente Mariano Rajoy en su afán por defender la legalidad perdió de vista lo esencial: la legitimidad. Los independentistas catalanes pudieron erigirse como la fuerza democrática que buscaba escuchar la voz del pueblo. Madrid, con fuerzas venidas desde el resto del país, pretendía impedir que expresaran su voluntad.

En Europa está muy presente el Brexit, el referéndum que tiene a Gran Bretaña en el proceso de abandonar la Unión Europea (UE). Las corrientes opuestas a la globalización y la creciente integración entre los 27 países miembros de la UE ganan fuerza electoral. Ello tanto desde la derecha como de la izquierda. En este sentido, el deseo de una parte de la sociedad catalana de constituirse en una república independiente va a contrapelo de los esfuerzos de unificación política y económica de la UE. Todos los países rechazan el separatismo cuando les afecta de manera directa. Pero no tienen problema en promover las balcanizaciones, como ocurrió con la ex Yugoslavia, si ello favorece sus intereses.

Los nacionalismos son muy variados. Donald Trump, con su “América primero”, encarna el proteccionismo y una alta dosis de xenofobia expresada en su política contra los inmigrantes. En el caso de Cataluña se trata de una antigua nación con cultura y tradiciones propias. Los catalanes sufrieron largas décadas de represión bajo el régimen fascista de Francisco Franco, que prohibió el empleo de la lengua catalana. Hoy, sin embargo, el péndulo ha ido en algunos casos al otro extremo. La exigencia lingüística absoluta puede constituir un factor de exclusión para los que hablan castellano. La intransigencia nacionalista puede ser tan destructiva como el autoritarismo centralista.

Lo que ocurre en España y el destino de Cataluña es seguido con avidez por muchas regiones en el mundo. En el Medio Oriente los kurdos iraquíes vienen de realizar un referéndum y han proclamado su independencia de Irak. Hay una larga lista de pueblos y regiones que observan a la espera de una oportunidad. El reto catalán consiste en cómo satisfacer demandas nacionalistas en el seno de una democracia centralista. España está bajo la lupa.

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