Todo el poder para Xi

Por Raúl Sohr
  • Analista internacional

El XIX congreso del Partido Comunista chino consagra al presidente Xi Jinping como el líder absoluto del país. Mao Tse Tung, el conductor de la revolución que llevó a los comunistas al poder en 1949, proclamó tempranamente que “el poder está en la punta de un fusil” y abundó “sin un ejército popular nada tendrá el pueblo”. Xi, fiel a las enseñanzas de Mao, ha dedicado grandes esfuerzos, desde 2012 que ocupa la primera magistratura, en modernizar y tener bajo su férreo control al Ejército Popular de Liberación (EPL), como denominan a las fuerzas armadas. Pero si el EPL es importante aún más lo es el Partido. En palabras de Mao, corresponde poner “la política al puesto de mando” y para que no hubiese duda a qué aludía por política puntualizó: “El partido manda al fusil”. Xi, fiel a estas enseñanzas, tiene también pleno control del Partido. Pero en última instancia, incluso en un régimen vertical y autoritario, los 89 millones de militantes del Partido deben escuchar la voz de los 1.400 millones de ciudadanos. Xi es el presidente de la nación y debe guiarse por la consigna que proclama: “El Partido dice lo que el pueblo quiere”, pero a menudo gravita otro eslogan complementario: “El pueblo hace lo que el partido dice”.

El avasallador progreso económico y social chino debe mucho a la visión y disciplina impuesta por los comunistas. Pese a errores garrafales como la industrialización forzada, conocida como el “gran salto adelante”, y más tarde la funesta “Revolución Cultural” nunca ha sido acumulada tanta riqueza en tan poco tiempo. El grueso de los chinos disfruta de los enormes avances. Pero la imagen del Partido, pese al progreso material, se deterioraba a causa de una corrupción rampante. Xi llegó al poder con la meta de atacar a tigres y moscas, la metáfora aplicada para barrer con los corruptos desde la cabeza a la base: un millón trescientos mil militantes han sido expulsados de las filas partidarias y muchos están tras las rejas. Tal es el impacto de la campaña, que han bajado las ventas de artículos de lujo utilizados para los sobornos.

En lo que toca a la estructura política del país, Xi anunció más de lo mismo en una alusión a las democracias occidentales: “Ningún sistema político debe ser considerado como la única opción” y reafirmó que “el socialismo con características chinas es una gran creación”. Léase un sistema unipartidista con un estricto control de la sociedad civil. A la par, abogó por flexibilizar el acceso de la inversión extranjera, abrir los mercados y reforzar la protección de la propiedad intelectual, todas medidas solicitadas por los principales socios occidentales como la Unión Europea y Estados Unidos.

En política exterior, Xi reafirmó que Beijing no busca una hegemonía global, pero advirtió que “nadie debe esperar que China aceptará algo que perjudique sus intereses”. Como gran meta para el centenario de la república, en 2049, postuló un “estado socialista moderno”. Para algunos, Xi, como en su momento fue Mao y el reformista Deng Xiaoping, representa una nueva era política, una en la cual China ocupará un papel central en la economía y los asuntos internacionales.

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