¿Qué fue el futuro?

  • Comunicador multifacético, experto en marketing y redes sociales y emprendedor por naturaleza.

Hace días compré un Super NES Mini. Nunca había tenido un Super Nintendo en casa. Con manuales de internet decidí hackearlo y cargarle 80 juegos más. Con eso, “vengué” mi niñez, cuando sólo podía pedírselo a un amigo o en su defecto, ir al videoclub más cercano en La Florida y arrendarlo 20 minutos, por 500 pesos. Un gran argumento para ir feliz al supermercado y esperar a mi mamá.

Esos recuerdos de la tecnología de clase media me impulsan a escribir esta columna. Si tuviese que recomendarle a un padre, que tiene un niño pequeño que no puede tomar un control de los nuevos con 8 botones por el tamaño de sus manos, le diría que haga lo que hice.

Pero ahora que lo pienso, lo que hice fue no sólo modificar un aparato que emula el pasado para llenarlo de información que ahora abunda, sino también optar por algo que no es la nostalgia. Es más bien vivir una época como ésta donde ya no sabemos temporalmente dónde estamos.

Navegamos en aparatos que pueden leer artículos en cualquier idioma y traducirlos. Podemos ver las películas que queramos cuando queramos. Somos viajeros del tiempo. Estamos en 1992 y 2015 con aplicaciones que tienen bibliotecas infinitas (para la duración de nuestras vidas) de contenido.

El futuro siempre fue lo que impulsó nuestras vidas. Cuando estudiábamos nos dijeron que teníamos que “pensar en nuestro futuro”. Y ahora, parece ser que el futuro, el avance, los crecimientos, ya no son tanto. Los celulares son casi todos iguales y las prestaciones “mejoran” las cosas, pero la revolución no es tanta como la primera vez. Conocen toda la información de nuestras vidas, pero antes también, lo que pasa es que no éramos tan conscientes.

Es probable que ahora el viaje sea más interior que exterior. Que tengamos que aventurarnos a crearnos a nosotros mismos. Que nuestro próximo paso sea tomar control real de nuestras vidas. De nuestras responsabilidades.

El futuro que nos contaban, de autos voladores, los tiene aún en el suelo, pero ¿servía de algo volar?

No tanto. Más serviría volar nosotros mismos. Pensar en una vida no sé si más austera, mejor dicho, más concentrada en querer a los nuestros. A conversar con ellos. ¿Vale la pena la ambición, el dinero por el dinero, el tener todo si al final no tienes nada?

Esa es una pregunta brutal de nuestra época, donde igual el vacío está.

¿Cómo puede ser que millonarios como Bono quieran ahorrarse impuestos en paraísos con papeles?

Eso no es tan de lleno o tan de bueno. Tienes demasiado. Pero el juego de la acumulación para cuatro vidas no da tanto.

Tenemos que hacer un viaje, que es dificilísimo para adaptar nuestro cuerpo, cabeza y deseos a la felicidad personal, propia, a saber quiénes somos, qué decimos, lo que hacemos y lo que provocamos.

Esta columna no te la escribo desde la esquina del “new age” o del “cambio personal”, porque no creo en esas cosas. Pero sí, al ver tanta distorsión, tanta compra, miedo, grito y locura electoral, me puse a pensar que el cambio está en el próximo, en el prójimo y no tanto en la pancarta.

Quizá la pancarta es una forma de encauzar tu emoción, cuando la emoción eres tú.

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