A propósito del submarino San Juan

  • Analista internacional

El submarino es el arma disuasiva por excelencia. Basta una de estas naves para sembrar inquietud e incertidumbre en una vasta zona marítima. Una vez bajo el mar es de difícil detección. Pero esta virtud en el campo bélico se revierte en su contra en caso de dificultades en la navegación.

Pasan los días y no hay noticias del submarino argentino ARA San Juan que ya superó el límite de sus reservas de oxígeno. Ello en caso de haber estado sumergido desde que tuvo la última comunicación el miércoles 15 pasado. La armada señaló la detección de “anomalía hidroacústica”… “consistente con una explosión”. Esto refuerza la hipótesis de una explosión ocurrida en el compartimento de baterías.

Argentina sabe de amenazas submarinas pues la experimentó durante la guerra de Malvinas en 1982.   Su almirantazgo consideró, a mediados de la década del 70, que un enemigo podría bloquear con relativa facilidad el puerto de Buenos Aires. Así estrangularía buena parte de la economía del país. Para impedirlo compró el portaaviones 25 de Mayo, cuatro destructores y seis fragatas. Además de seis submarinos del modelo alemán TR 1700, de los cuales sólo fueron construidos dos en Alemania. Las previsiones del mando naval resultaron acertadas, pero no así el remedio. Con el estallido de la guerra por las islas en el Atlántico Sur la flota se replegó a puerto quedando embotellada. Ello luego que el submarino británico Conqueror hundiera al crucero Belgrano.

Ello no mermó el apetito del conjunto de las armadas oceánicas sudamericanas por contar con por lo menos un par de submarino. Hasta hace poco, antes de la irrupción del Scorpene francés, los astilleros alemanes tenían un virtual monopolio de estas naves. Esto facilitado por el hecho que Estados Unidos y Gran Bretaña construyen sólo submarinos a propulsión nuclear que no están a la venta.

Chile cuenta con un par de sumergibles tipo 208 alemanes y dos Scorpene franceses. El Perú dispone de media docena de unidades alemanas. La Guerra del Pacífico enseñó a los marinos peruanos el papel decisivo jugado por la armada chilena en la supremacía naval que le permitió transportar al ejército invasor. Una barrera de submarinos le ofrecería una línea de defensa en caso de un conflicto. Brasil es, sin embargo, el país que ha ido más lejos. Su armada está obsesionada con el Programa de Submarinos con Propulsión Nuclear (Prosub). El presupuesto original, en 2008, para el Prosub, desarrollado con respaldo francés sobre la base de un Scorpene, fue de diez mil millones de dólares. Una cifra que será rebasada largamente. Además la crisis económica ha retrasado su entrega con el consecuente aumento de costos. El Prosub, como en muchos casos, es una expresión de militarismo. O si se prefiere de la capacidad de los uniformados para imponer gastos desmedidos en proyectos de dudosa utilidad.

El lamentable incidente del San Juan tiene una cara luminosa: la notable solidaridad que ha movilizado a buques y aeronaves de todo el mundo para dar con el desaparecido sumergible. El protocolo naval de anteponer el rescate de una tripulación por sobre toda otra consideración goza de buena salud.

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