La batalla del botón

Por Raúl Sohr
  • Analista internacional

Kim Jong-un, el mandamás norcoreano, proclama que tiene un botón en el escritorio de su oficina. Si lo presiona puede descargar un misil, con una ojiva nuclear, a cualquier punto de los Estados Unidos. Puntualiza Kim que esto no es una amenaza, sino que es una realidad. Una afirmación de dudosa veracidad. El presidente Donald Trump, a su vez, le respondió vía Twitter: “Por favor, ¿puede alguien de su régimen agotado y muerto de hambre informarle que yo también tengo un botón nuclear? Pero es mucho más grande y poderoso que el suyo, y mi botón funciona". Dicho sea de pasada, tal botón es una fantasía, pues no existe. El mandatario estadounidense, el único con la autoridad para lanzar un ataque atómico, dispone de una serie de tarjetas con códigos para ordenar la drástica medida.

En agosto del año pasado, Trump amenazó a los norcoreanos con un ataque de “fuego y furia como el mundo nunca ha visto”. En noviembre, el Senado estadounidense, alarmado ante la ligereza de los propósitos presidenciales, debatió sobre quién tiene la “Autoridad para Ordenar el Uso de Armas Nucleares”. El tema no era abordado desde 1976, en el apogeo de la guerra de Vietnam. Entonces, pese a que Washington caminaba a una derrota en el sudeste asiático, quedó descartado echar mano al arsenal nuclear. Desde entonces, quedó archivada la opción del empleo de armas atómicas con intenciones ofensivas.

El tuiteo entre Kim y Trump ha suscitado interpretaciones jocosas. Algunas aluden al clásico reto machista sobre la importancia del tamaño de los atributos de cada cual. En este campo de eufemismos destaca Ted Cruz, ex adversario presidencial republicano, que se mofó de Trump diciendo que tenía manos pequeñas, un alcance velado a sus genitales. El aludido acusó el golpe y con característica modestia respondió: “Mis dedos son largos y hermosos, como ha sido bien establecido, con varias otras partes de mi cuerpo”.

Kim y su régimen han sido caricaturizados como una banda de fanáticos irracionales. De allí, se subraya en Occidente, el peligro que semejante régimen disponga de armas nucleares. Pyongyang ha facilitado su descrédito con un lenguaje incendiario y desmedido. Pero en la práctica se ha remitido a desarrollar una capacidad nuclear para lograr cierta capacidad disuasiva. Los propósitos de Trump tampoco han ido más allá de las palabras. Hay, sin embargo, una enorme diferencia en el impacto de los dichos de un dictador de un pequeño país y los de la mayor superpotencia mundial. Al aludir con frivolidad e inmadurez al armamento atómico, Trump banaliza la tenencia de los mortíferos arsenales nucleares. Además es partidario de modernizarlos y así aumentar la potencia atómica estadounidense. El solo hecho que discuta la posibilidad de emplearla es un gran retroceso. Ello debilita décadas de esfuerzos por fortalecer la no proliferación de armas nucleares y la eventual extinción de estos ingenios, los más destructivos en la historia humana.

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