Reivindicando a los "ñoños"

Por Joel Poblete
  • Periodista especializado en cine, programador de Sanfic y comentarista en Tele 13 Radio.

A Steven Spielberg le encanta el desafío de estrenar dos largometrajes extremadamente distintos en menos de un año, y acaba de hacerlo por séptima vez en su carrera: tres meses después de su sobria y clásica "The Post: Los oscuros secretos del Pentágono", y regresando a la ciencia ficción luego de más de una década, en "Ready Player One: El juego comienza", adaptando la novela homónima de 2011 escrita por Ernest Cline (quien además es uno de los dos guionistas de esta adaptación fílmica), se adentra en una historia ambientada en 2044 y entrega uno de los trabajos más desaforados de su filmografía.

Pero a pesar de la futurista ambientación y el ritmo avasallador de la trama impulsada por un juego de realidad virtual, la esencia creativa del afamado realizador estadounidense se mantiene, como no era de extrañar, de partida, porque el argumento apela tanto a la nostalgia por decenas de íconos de la cultura popular desde la década de los 80 en adelante (una espléndida reivindicación de los "ñoños"), pero también porque es posible encontrar diversas "marcas de fábrica" del universo cinematográfico de Spielberg, desde contar con un héroe juvenil, hasta la banda sonora del veterano Alan Silvestri, llena de guiños a las partituras que habitualmente escribe para el cineasta su legendario "partner", John Wiliams (una acertada decisión, considerando que el propio Silvestri es responsable de componer para recordados títulos del Hollywood de los años 80 y 90, y acá su labor se entremezcla muy bien con emblemáticos hits de esa época).

En otras producciones la estética de videojuego puede ser un defecto, pero en este caso era ineludible considerando el tipo de historia que se cuenta, y en verdad los efectos digitales son asombrosos. Quizá no llega a la misma altura de algunas aventuras de Spielberg que son verdaderas obras maestras, porque aquí tanto el mensaje central como sus personajes y motivaciones son simples y de escaso relieve (a pesar del correcto desempeño de un elenco de carismáticos actores); pero eso no afecta demasiado a los evidentes logros de un producto entretenido cuya energía y sensación de vértigo incluso consiguen que su extensa duración (casi dos horas y media) no se sienta pesada. Pese a los prejuicios que más de alguien pudiera tener, el ya septuagenario director está "en su salsa".

"El sacrificio del ciervo sagrado"

Desde la década pasada y con sólo un puñado de títulos, el griego Yorgos Lanthimos se ha abierto camino como uno de los realizadores más personales en el cine internacional. Por primera vez una película suya se estrena comercialmente en Chile, y este largometraje -de seguro uno de los que más dividirá al público local este año- quizá no es tan logrado como sus primeros trabajos o la notable y sorprendente "The Lobster", pero de todos modos despliega el estilo que caracteriza al cine de Lanthimos: un relato enrarecido, capaz de incomodar y desconcertar con su frialdad casi clínica y con su habitual crueldad implacable, con buenas actuaciones en un registro interpretativo extraño y atípico. ¿El resultado? Para algunos fascinante y perturbador, para otros irritante y pretencioso.

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