El fin de la ETA

Por Raúl Sohr
  • Analista internacional

En España, la organización Euskadi ta Askatasuna (País Vasco y Libertad, ETA) anunció la disolución “completa de todas sus estructuras”. Culmina así un proceso, iniciado en 1959, que se inscribió en la lucha del pueblo vasco contra la represión física, cultural y lingüística del régimen franquista. En sus albores, la ETA contó con simpatías en sectores del conjunto de la sociedad española. La organización postuló su ambición de lograr un “estado socialista vasco independiente”, que reunificara las provincias vascas españolas y francesas. La lucha inicial fue proyectada como un movimiento de liberación nacional de carácter socialista revolucionario. Su primera acción terrorista fue el asesinato de un guardia civil en 1968, una línea de ataques que fue ampliada a militares, políticos y funcionarios públicos. El golpe más impactante fue el asesinato del almirante Luis Carrero Blanco, el delfín del dictador Francisco Franco, en diciembre de 1973.

La muerte de Franco, en noviembre de 1975, cambió de manera radical las condiciones en España. Con el avance del régimen democrático fue posible un debate para devolver diversos grados de autonomía a ciertas regiones del país. ETA mantuvo, sin embargo, su campaña de lucha armada en el centro de su estrategia. Ello le valió una serie de quiebres y la salida del grueso del ala progresista. En forma creciente, la organización asumió una postura netamente nacionalista y militar. El año de mayor actividad terrorista fue 1980, cuando ETA asesinó a 118 personas.

La réplica del Estado español fue siempre dura. Ya bajo Franco operaban grupos paramilitares que identificaban a militantes o cercanos a la ETA. Fue el caso de los Guerrilleros de Cristo Rey, el Antiterrorismo-ETA (ATE) y la Alianza Apostólica Anticomunista (AAA), grupos que mataron a decenas de etarras o sospechosos de serlo. En democracia las cosas no cambiaron mucho, pues bajo el gobierno del socialista Felipe González (1982-1993) comenzaron las operaciones de los llamados Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL), que entre 1983-1987 asesinaron a 67 activistas o simpatizantes e hirieron de gravedad a otros 200. Los GAL fueron presentados como una respuesta desesperada de la sociedad vasca. En 1995, lo que era un secreto a voces se hizo público: la campaña contraterrorista de los GAL era obra de los servicios secretos españoles. Hay más de cuatro mil denuncias de torturas de separatistas.

En sus atentados, entre 1968 y 2010, ETA asesinó más de 800 personas, el grueso de ellas, 443, guardias civiles.

El balance para los etarras es amargo. No consiguieron imponer sus condiciones. Quedaron aislados a nivel internacional. Fueron derrotados militarmente. Encuestas recientes señalan que un magro 15% de los consultados respalda la independencia del país vasco. Después de cada atentado decenas de miles de personas salían a protestar contra una campaña que percibían insensata. Así, la ETA perdió gravitación y relevancia política. Ello contrasta con los separatistas catalanes, que jamás dispararon un tiro, pero obtuvieron cerca del 50 por ciento de las preferencias en los últimos comicios.

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