Mi derecho a educación

Por Rodrigo Tupper
  • Gerente general de Fundación Portas

Hace unos días participé en una actividad en la que una estudiante, ante la pregunta ¿qué es la educación?, respondió que para ella era un derecho, pero que ese derecho era un poco esquivo, porque debía ser para todos y no sólo para unos pocos. Argumentó, además, que era una herramienta que entregaba posibilidades de crecimiento y un futuro más próspero, con igualdad de oportunidades y mejor calidad de vida. Recibió un aplauso cerrado de todos los presentes, sobre todo de sus pares, con quienes ella comparte el mismo sueño de convertirse en el primer profesional de sus familias. Jóvenes talentosos y esforzados que, lamentablemente, son vistos y tratados como clientes por ciertos grupos egoístas del país, que conciben la educación como un bien de consumo y donde el interés está centrado en el poder de pago de las personas, dejando de lado el esfuerzo económico que realizan miles de familias cuando sus hijos llegan a la educación superior.

La educación es y será siempre un derecho social. Así lo entendemos desde hace diez años en Fundación Portas, así lo entendió la estudiante con la que tuve la alegría de compartir, así lo entiende la Unesco y así se desprende de la Agenda 2030 para el Desarrrollo Sostenible que pretende “garantizar una educación inclusiva y equitativa de calidad y promover oportunidades de aprendizaje permanente para todos”. ¿Por qué hay grupos que conciben a la educación como un bien netamente de consumo, no un bien público, y que incluso atacan a la gratuidad, uno de los avances más significativos a la hora de emparejar la cancha en un país tremendamente desigual? Anteponer intereses personales por sobre los colectivos segrega y limita un crecimiento sostenible, donde el egoísmo le gana a la solidaridad y donde la balanza perjudica, como siempre, a los grupos segregados socialmente.

Un acceso democrático a la educación superior es ya una realidad, que avanza a medida que somos conscientes de que somos seres sujetos de derechos, sin importar nuestra condición socioeconómica. Me entusiasma y enorgullece dejar atrás a un Chile donde la educación superior estuvo sólo al alcance de los grupos de elite. El escenario ahora es distinto, porque existe un nuevo perfil de estudiante, uno que admiro y uno que sueña con escribir su historia con las herramientas que le permitirán competir en un escenario tremendamente competitivo, pero que es por sobre todo desigual.

Este nuevo estudiante, el que ingresa a la educación superior, debería ser la principal razón y el emblema para entender por qué debemos relevar los talentos para vencer los círculos de pobreza. Y, al mismo tiempo, es el motor para demostrarle al Estado y a todos nosotros el por qué urge una educación de calidad en todos los niveles educativos y que ésta sea entendida como un derecho inherente al lugar donde nos tocó nacer y a la realidad que nos tocó vivir.

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