La maldición de la fama

Por Nicolás Copano
  • Comunicador multifacético, experto en marketing y redes sociales y emprendedor por naturaleza.

“Dejen de hacer famosa a la gente estúpida”, reza el mantra digital que comparten muchos en formato postal en redes sociales cuando ven a alguien que no le gusta.

A propósito de fenómenos como el de Jocelyn Holt o Teresa Marinovic, que concentra buena parte del odio de redes sociales (y que incluso es capaz de compartir titulares falsos para denostar al movimiento feminista, por tanto provoca para lograr fama), estuve pensando en cómo cambió la lógica de la fama.

¿Está bien ser reconocido o es mejor la paz interna? ¿La fama obsolece? ¿Es sana la fama?

Antes referente, ahora el meme parece ser la nueva forma de acercarse al reconocimiento. Y le pasa a muchos que son entrevistados y se ven mensajeros por personas que esperan ese material para sumergirse en piscinas de dopamina. De una búsqueda de superioridad rara. De evaluación tipo reality. Como una especie de adicción a ser jueces de ese otro, que no siente lo que yo siento.

Hay gente con la que personalmente no comparto nada, que no me cae bien. ¿Deben ser eliminados de la faz de la tierra? Hay gente que cree que sí. Personalmente, creo que el mundo es grande y cabemos todos. Pero otros piensan que los que no les gustan deben ser borrados. A veces con razones, otras solamente de piel. De rechazo a una forma, a una nariz, a una boca, a un tono de voz. Por supuesto, una opinión pública es, al ser pública, un objeto para enfrentarse a la mirada del público. Pero cuando eso se rebaja a cosas que el otro no puede cambiar, ¿es justa la opinión pública? ¿Cuál es el límite de la sensación del otro?

Para hombres y mujeres, el exhibirse en opinión, cuerpo y acciones, se ha vuelto una cosa que, a veces, no es un regalo. Antes lo era. Ser famoso antes era genial: te regalaban cosas. Ahora porque te regalen cosas te cuestionan. Antes, ser reconocido por tu arte desde los medios era un buen momento. Ahora cuando hay exhibiciones de ciertos artistas en redes, que pasan por los medios, los tratan inevitablemente de cuicos. De pertenecer a una casta social que no podría acceder a esos medios sino fuese por su procedencia. Hay veces que es así y otras sinceramente que no. Pero nadie dice que no, por miedo a la fama. La fama mala.

Hay quienes creen que el odio llama a más odio, como la violencia llamaría a más violencia. Tenemos por supuesto que cuidar en esta época de cambios nuestras palabras, porque sin duda hay quienes ya se aburrieron de ser dañados, en tanto siempre corrieron en desventaja. Pero también esas personas que dicen cosas que no nos gustan, son seres humanos. Hermanos, padres, parejas. Personas que están en su casa, a veces, y de la nada toman el teléfono y se conectan a un mundo de insultos sin fin. Como un apedreo.

Muchas veces he estado por opiniones personales en medio de huracanes verbales. No es cómodo. Les aseguro que hasta el más duro siente. Que un momento cansa y asusta y te aparece una y otra vez. Eso me pasa ahora, con el paso del tiempo al ver estos polemistas que están dispuestos a ser trending topic. La fama me da pena. La fama cansa. Pensemos en esos tipos a veces. Pensemos en sus sensaciones. Y también en su miseria y miedo a obsolecer.

Las opiniones expresadas aquí no son responsabilidad de Publimetro

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