Turquía y su nuevo sultán

Por Raúl Sohr
  • Analista internacional

Recep Tayyip Erdogan logró su reelección como presidente de Turquía. El Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, por su sigla turca), que él dirige, mantendrá la mayoría en el Parlamento en alianza con el ultra nacionalista y derechista Partido de Acción Nacionalista (MHP). Así, Erdogan, gracias a una serie de cambios constitucionales, logra un control sobre el conjunto del Estado turco que evoca el poder de los sultanes. Como los antiguos gobernantes imperiales, Erdogan podrá reinar por decreto en muchas materias. Además, tendrá la prerrogativa de disolver el Parlamento y de remover al grueso de la administración pública.

Si de evocaciones se trata, existe la percepción que en Ankara flota la nostalgia por el imperio otomano, colapsado con la derrota de Turquía en la Primera Guerra Mundial. Entonces, los turcos dieron un giro en 180 grados y optaron, bajo la conducción de Mustafa Kemal Atatürk, por la modernización del Estado con un marcado acento laico. La elite política volvió su mirada a Occidente y relegó sus raíces musulmanas.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría dio a Turquía un papel protagónico como país de contención de la Unión Soviética en el seno de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan). Esta tarea fue facilitada por las dictaduras militares que gobernaron o ejercieron el poder tras el trono a lo largo de décadas.

Sin embargo, con la llegada de Erdogan al gobierno, a comienzos de los 2000, se aprecia una creciente influencia del clericalismo islámico. Se trata, en todo caso, de una corriente religiosa moderada, aunque con los rasgos característicos de opresión de las mujeres presentes en el Islam. Es justo señalar que Erdogan pugnó por lograr la aceptación de su país como miembro pleno de la Unión Europea (UE). Los europeos, en especial Francia y en menor medida Alemania, no correspondieron a los anhelos turcos. Hoy, el ingreso de Turquía a la UE aparece distante. Ello permite presumir que Ankara seguirá, con renovado ahínco, el proyecto neo otomano de convertir al país en una potencia que restaure algo de la grandeza pasada.

Con un mandato claro y el firme control del Estado, Erdogan tratará de asegurar, en primer lugar, la unidad de Turquía. Ello conlleva una mayor agresividad en la guerra contra el pueblo kurdo, situado en las regiones montañosas australes, que representa alrededor del 20 por ciento de los 80 millones de habitantes del país. Una guerra que no es librada sólo al interior del país, sino que también en Siria, donde los kurdos son combatidos por el ejército invasor turco. También en el norte de Irak se registran enfrentamientos.

En lo que toca al Medio Oriente, Ankara redoblará sus esfuerzos por proyectarse como el líder del mundo árabe sunita. Es algo que ha intentado, confrontando a Israel con un vistoso respaldo a la causa palestina. Ankara ha buscado desplazar a Arabia Saudita e Irán como referentes políticos. No es algo simple, pues los recuerdos del período otomano evocan sufrimientos.

Erdogan cuenta ahora con cinco años más de gobierno, con la posibilidad de reelección. Su protagonismo internacional buscará posicionar a Turquía como una potencia de primera línea.

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