La naturalización de la violencia

Por Nicolás Copano
  • Comunicador multifacético, experto en marketing y redes sociales y emprendedor por naturaleza

Parece de locos que en la mañana en la televisión aparezca una persona que avala la violación de derechos humanos como quien comparte una receta de cocina por Whatsapp. Ok. Ya eso es raro de relatar a cualquier persona que venga de un país extranjero. Ahora, más extraño parece que muchas personas planteen que hay que tolerar eso. Que “hay personas que piensan distinto” y que ojo, estuvieron y se divirtieron, sin ninguna autocrítica, con humanos que exterminaron gente.

Yo entiendo que hay una generación que está muy cansada del conflicto, porque lo vivió toda la vida y que además de ello también vivió el susto de perder cosas por no pensar igual que los otros que tenían recursos para imponer sus ideas, ya sea través de la cultura popular o las armas. Lo preocupante es que este tema no haya decantado. Que exista gente que justifique que la economía es más importante que una persona y que eso le dé el valor de otorgar poco menos como algo positivo que haya pasado una atrocidad en la historia del tamaño de la que vivimos.

Pero en esa sociedad estamos. Y tenemos que hacernos preguntas desde los que trabajamos en medios. Cuántas veces vimos la intención de simplificar cosas que no se debían simplificar. Bueno, el efecto de eso no es Goic saliendo de pantalla, porque no le da el alma para celebrar a Maldonado, tampoco Argandoña, menos la increíble idea de traer un tipo del Movimiento Social Patriota para igualarlo en una discusión a un actor como Pablo Schwarz, que piensa distinto a él. El efecto es la normalización de todo esto. Considerar que es una buena idea y no te caiga el tejo por ningún lado de que al final te estás pasando por algún lugar bien íntimo el pensar que hay parientes y amigos de personas que nunca encontraron respuesta a la desaparición de los suyos.

Claro, el tiempo lo vuelve todo más banal (podemos hacer películas sobre esto, incluso desde la perspectiva del romance, o videojuegos si queremos), pero lo crítico es que en este país la sensación de que algo estuvo mal caiga en la nebulosa, porque decir que no se está de acuerdo es el peor de los pecados. Es tirar para abajo algo. Es ser demasiado crítico. Y así hay que tragarse día tras día la normalización de un montón de cosas que en cualquier sociedad lógica serían discutidas. A lo menos.

Aquí parece un pecado discutirlas. Y por eso se han dejado pasar y en un tiempo más, incluso, me atrevo, algunos van a empujarlas a lo discutible. Estan ahí. Si al final, cuando apuñalan en un acto terrorista (que nadie se atrevió a definir así) a tres personas que salían a manifestar su opinión y a nadie le importó, estamos dejando el campo fértil a que todo sea relativizado.

Y no todo es relativo. Hay cosas que nos definen como humanidad. Hay cosas que nos vuelven personas y no animales. Y la granja, a veces, que son los medios (con gansos, cerdos, ñandúes que esconden la cabeza, tigres, ratones) no nos invitan a discutir porque sería vernos en el zoológico y descubrir que, además del ticket que cobramos, nunca limpiamos la jaula.

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