¡Quiero hablar…!

Por Alfred Cooper
  • Obispo anglicano y ex capellán protestante de La Moneda

Peligran, realmente, todos los sectores de nuestra convivencia nacional, cuando irresponsablemente tomamos por sentado las grandes libertades que ha ganado y mantenido la democracia occidental. En Chile debiéramos tener muy claro lo fácil que es perder esta frágil convivencia. Preocupa cómo últimamente se han visto amenazadas estas libertades básicas de pensamiento, conciencia, religión y expresión (Declaración Fundamental de la ONU sobre Derechos Humanos 1948). La violencia encapuchada, figuras públicas atacadas físicamente en las universidades, demandas basadas en supuestos “discursos de odio” contra predicadores, la quema de iglesias, el manipuleo político de los mismos conceptos liberadores de los derechos humanos, derechos a la vida, libertad de conciencia y expresión, todos han adelantado significativamente la mano del Reloj Doomsday hacia la medianoche oscura. ¡Tarea para el anunciado y bienvenido Museo de la Democracia!

Quizá por familiaridad con intentos de amordazarlos, los cristianos han sido siempre campeones de la libertad de conciencia y de expresión. Pablo de Tarso la protege en 1 Corintios 10:29 “¿Por qué se ha de juzgar mi libertad de acuerdo con la conciencia ajena?”. Fue un cristiano como John Locke en el siglo 17 quien esbozó los alineamientos para que los ciudadanos pudieran ejercer derechos y libertades, contratos sociales que permitieran el respeto desde todos hacia todos. Sus ideas han sido ampliamente acogidas en países que aman la libertad y rechazadas por los que no logran superar su inseguridad y siguen gobernando desde el asfixiante autoritarismo.   Posteriormente, se desarrollan los derechos del hombre bajo “¡Libertad, Igualdad, Fraternidad!”, en el pensamiento de les philosophes de la Revolución Francesa. Se consagra el sistema constitucionalista, el gobierno de la ciudadanía desde un pacto social consensuado y que rige en vez de los absolutismos y las dictaduras.

Jesús no parece haber temido represalias ante sus palabras. A Herodes lo llamó “Ese zorro” y a las autoridades religiosas de su tiempo los interpeló: “sepulcros blanqueados”, “camada de víboras”, “guías ciegos”. Le costó la vida, eso sí, ya que dentro de dos años las autoridades políticas, civiles y religiosas habían conspirado para matarlo. Lograron ejecutarlo en una cruz romana, pero justo cuando parecía derrotado el incipiente cristianismo por el bullying de la época, ¡Dios lo resucitó! Ante tal tapabocas divino, los discípulos no callaron más. A pesar de las más viles y crueles torturas y persecuciones contra ellos y su mensaje, sólo se agregaban más y más creyentes a sus filas. La Roma cuyo Nerón encendió antorchas con cristianos cubiertos de alquitrán en una fiesta, dentro de tres siglos dobló la rodilla ante Cristo en la figura de Constantino. El cristianismo llenó el vacío de una cultura espiritualmente confundida, económicamente desigual, políticamente estancada, sexualmente promiscua y asqueada, con la prédica del Evangelio, y no dejó de crecer, a pesar de sus fallas… ¡A la Iglesia nunca le ha hecho mal la persecución! La refina y la potencia, ya que la hace más dependiente del poder del Espíritu Santo.

Pero es su derecho creer y hablar desde la conciencia y la libertad del pensamiento religioso, y como a través de toda su historia, por mucho que intenten callarla, ¡jamás dejará de ejercerlo!

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