Opinión

Siria: el tiro de gracia

  1. Analista internacional

Bombardeos aéreos y de artillería han recrudecido en Idlib. La región es sobrevolada por drones que buscan blancos para nuevos ataques. La marina rusa, entretanto, ha posicionado una docena de buques con misiles crucero en el mar Mediterráneo. Desde allí pueden alcanzar la provincia noroccidental e inhibir a otros protagonistas. El presidente Bashar al-Assad, a su vez, ha concentrado el grueso de sus tropas para lo que podría constituir un asalto final contra los rebeldes.

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Idlib, con una población estimada en tres millones, es el último bastión en manos de las fuerzas contrarias al gobierno. La guerra civil, que comenzó en 2011, ha causado entre 350 mil y medio millón de muertes, según las estimaciones de diversas fuentes. La mitad de la población, de 22 millones, ha sido desplazada de sus hogares y unos cuatro millones han dejado el país.

En la última fase del conflicto, el gobierno cercó varias regiones en manos de rebeldes que, en muchos casos, tenían el respaldo de Estados Unidos, Arabia Saudita y Turquía. Para evitar un choque hasta las últimas consecuencias, se evacuó a los insurgentes sitiados a otras zonas, llamadas de “desescalamiento”. Por esta vía, un número creciente de opositores terminó en Idlib.

Turquía, que ha auspiciado la lucha contra Assad, se erigió en la protectora del amenazado territorio. Ahora Ankara advierte que un ataque contra la provincia equivaldría a cruzar una “línea roja”. Aunque no ha señalado que hará si se concreta la esperada ofensiva.

Irán, otro protagonista importante en el conflicto, con sus milicias chiítas ha contribuido a cargar la balanza a favor de Assad. Pero Teherán, para no enfrentarse con Turquía, se ha marginado del choque final, dejando la iniciativa a Moscú.

En lo que toca a Damasco, está empeñado en recuperar “hasta el último centímetro” de su territorio. Assad sabe que la consolidación de los rebeldes podría conducir a la pérdida de regiones en un país compuesto por diversas minorías étnicas. Buena parte del noreste del país es gobernado ya, con plena autonomía, por los kurdos, que han llegado a un entendimiento temporal con la autoridad central.

Rusia, por cuenta, denuncia que Idlib es un antro de terroristas, donde operan organizaciones yihadistas. De allí la necesidad de desmantelar estas organizaciones islamistas, que tienen vasos comunicantes con militantes en territorio ruso.

Para completar el rompecabezas, Estados Unidos, que protege y arma a los rebeldes, ha señalado su oposición a un ataque que, asegura, podría culminar en un desastre humanitario. El presidente Donald Trump advirtió: “No puede haber una matanza. Si hay una matanza, el mundo va a estar muy, pero muy enojado. Y Estados Unidos va a estar muy enojado también”.

La guerra de propaganda que precede a las batallas está en pleno desarrollo. Washington amenaza con represalias en caso que se utilicen armas químicas. Moscú replicó que los propios rebeldes podrían montar ataques químicos para justificar la intervención de Estados Unidos, acusación espetada en situaciones previas. Así cada bando avanza argumentos que buscan limitar el margen de maniobra de su adversario. Pero, de una forma u otra, ya se avizora el fin de una guerra que, a lo largo de siete años, ha desangrado a Siria.

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